miércoles, 30 de mayo de 2018

Un pensamiento crítico y la Democracia Social.

Moisés Sánchez Ramírez
Sección de Estudios de Posgrado e Investigación
Coordinación de Doctorado ESCA STO TOMÁS IPN
La democracia social es la alternativa frente a la desigualdad y la gestión conservadora y autoritaria de la crisis socioeconómica y política. Debe ser la base para la construcción de una nación más justa y solidaria. En México, la desigualdad social se ha incrementado con la crisis económica y las políticas de austeridad. El contexto de violencia, la devaluación salarial (con aumento anquilosado), el amplio empobrecimiento de una sociedad sumida en una enorme desigualdad social, con el aumento de la pobreza, pobreza extrema, con enormes carencias de alimentación en algunos sectores de la sociedad, así como el recorte de prestaciones sociales y servicios públicos, han contribuido a ensanchar las brechas sociales. Una minoría va acaparando privilegios, riquezas y poder en perjuicio de la mayoría de la sociedad. Hace todavía algunos años no había un claro reconocimiento institucional de la gravedad de esta desigualdad. Hoy día, este diagnóstico básico de la importancia de la desigualdad social ya es asumido por la mayoría de la gente y es admitido en los ámbitos políticos, académicos y mediáticos.

Existen numerosos indicadores de la evolución negativa y la gravedad de la desigualdad social en nuestro país. Los factores principales que la provocan son el recorte de plazas productivas, el empleo precario con bajos salarios, los recortes sociales y la insuficiencia de la protección social pública, acentuados por la gestión antisocial y autoritaria de la crisis del poder establecido, además del contexto de violencia por el que atraviesa nuestro país. Se ha incrementado la acumulación de bienes, recursos y poder en una minoría oligárquica con una desventaja comparativa respecto de la mayoría social, gran parte empobrecida esta minoría concentrada en el clero, empresarios, políticos y el crimen organizado. En el marco de una financiarización y globalización desregulada del sistema económico las élites dominantes y capas “extractivas” salen beneficiadas y las clases subalternas perjudicadas.
En México se puede hablar de la élite del poder como un grupo reducido de personas de los ámbitos político o económico que se legitiman entre sí, con valores, ideas e intereses convergentes –no por ello libres de pugnas entre fracciones–, que fungen como los agentes principales dentro de una estructura de poder vertical, jerárquica, cuyas decisiones son trascendentales para el resto de la sociedad. La crítica a la debilidad institucional en México debería fungir como una alerta para no perder capacidad crítica dentro de enfoques que privilegian la importancia de las instituciones y el diseño institucional, principalmente frente a la maltrecha división de poderes (González Casanova, 1965; Krieger, 1990; Meyer, 1998a y 1998b; Crespo, 1997) que impide la plena autonomía de instituciones como el Legislativo y el Judicial frente al Ejecutivo o de instancias que se presumen autónomas como el Instituto Nacional Electoral (INE) o el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI).
Una democracia social consolidada requiere mejorar la calidad de la política y desarrollar instituciones abiertas y cercanas a la ciudadanía. Su funcionamiento necesita de actores sociopolíticos capaces de representar la diversidad de intereses de toda la sociedad. En este sentido, debemos ofrecer plataformas de diálogo, talleres para el fortalecimiento de las capacidades públicas de actores progresistas, asesoría institucional, consultorías y análisis político. En el análisis Político debemos responder a una necesidad de observar lo que sucede en la política nacional de México y su relación con la economía, la sociedad y el contexto en el que vivimos.
Por lo tanto, desigualdad es un concepto relacional o comparativo. No define el avance o retroceso de la población en su poder adquisitivo o el crecimiento económico, sino las distancias distributivas entre los diferentes segmentos sociales. Ello significa que es compatible, como ha sucedido en varias épocas, el incremento de la desigualdad y la mejora de las condiciones de vida de la mayoría de la gente. Los de abajo pueden avanzar un peldaño, los de en medio dos y los de arriba cuatro. La desigualdad y las desventajas comparativas de condiciones y oportunidades se amplían, aunque las capas desfavorecidas vivan mejor que antes. En esa situación, en la conciencia social se relativiza esa situación de desigualdad al valorar que en términos de bienestar las clases subalternas están mejor que antes o que las generaciones anteriores. Es el poderoso factor de legitimación del desarrollo capitalista, cuando compatibiliza crecimiento económico (de empleo, bienes y consumo) y aumento de bienestar socioeconómico con aumento de las desventajas relacionales y las desigualdades en términos socioeconómicos y de poder de las capas populares respecto de los ricos y poderosos.
No obstante, la experiencia actual de la gestión de la crisis social y económica nos indica que, además del incremento de la desigualdad, también se ha producido un doble fenómeno que la agudiza: por un lado, el estancamiento y retroceso de las condiciones de vida y de influencia política y democrática de amplias mayorías sociales, clases medias y trabajadoras; por otro lado, una apropiación desmedida, muchas veces corrupta o ilegítima, y un control oligárquico de grandes beneficios económicos, ventajas y privilegios sociales y de poder institucional en las élites dominantes.
Estamos en otra etapa diferente a la de las tres décadas gloriosas de la segunda posguerra mundial con gran desarrollo económico, distribución y protección públicas ascendentes y mayor participación democrática en una dinámica más equilibrada (de rostro humano). Se mantenía una gran legitimación social del sistema económico y político, compatible con la persistencia de grandes desigualdades. En los años ochenta y más claramente en los noventa, ese equilibrio se rompe parcialmente con la generalización de la globalización económica desregulada, el predominio del financiamiento de la economía y la preponderancia de las políticas neoliberales.
La etapa actual se caracteriza por la recesión, el estancamiento o el escaso crecimiento económico y, sobre todo, del empleo y por las políticas económicas sociales regresivas y medidas autoritarias. La dinámica dominante es de desmantelamiento del Estado de bienestar, restricción de los derechos sociales y laborales, abaratamiento de los costes laborales y subordinación de la mayoría de la población trabajadora, incluida la precaria y en paro. Se termina por combinar mayor desigualdad y menores expectativas y dinámicas de progreso en las trayectorias laborales y sociales de la mayoría social subalterna. La desigualdad se hace más injusta. No solo se notan más los agravios comparativos entre el polo más rico y la mayoría popular, sino que gran parte de ella vive peor que antes y que su generación anterior. Se frustran las aspiraciones de movilidad social ascendente. Es la base del descontento y la indignación de la mayoría de jóvenes de capas trabajadoras y medias. Este sentimiento de injusticia está agudizado por la percepción del contraste entre esa realidad de desigualdad y bloqueo de trayectorias y la situación de mayor capacidad académica y expectativas de ascenso social, confianza en el “progreso” del sistema económico y una socialización relativamente libre, democrática e igualitaria en los ámbitos educativos e interpersonales, que actualmente se ven defraudadas.

Ante tal escenario, qué esperamos después del día primero de julio 2018, cambio de régimen o el estancamiento presidencialista, la instauración de la filosofía política llamada populista, o la simulación de un nuevo régimen tripartita entreguista.

martes, 22 de mayo de 2018

México, primero de julio 2018.


En los primeros minutos del día 24 de mayo inician las campañas electorales para el tema local, es decir, diputaciones locales, presidencias municipales, sindicaturas y regidurías, de manera paralela, ya a la campaña federal, que dio inicio el 30 de marzo y que concluirán el día 27 junio de 2018. Ante este escenario, son varias las lecciones y las incógnitas que dejaron las pasadas elecciones en los estados de México, Coahuila, Nayarit y Veracruz.

Los resultados obtenidos en 2017 por las diversas fuerzas políticas no definen quién ganará la Presidencia, las ocho gubernaturas (Guanajuato, Jalisco, Ciudad de México, Morelos, Puebla, Chiapas, Tabasco y Yucatán), el mayor número de diputaciones en el Congreso de la Unión y los tres mil 216 cargos que se disputarán en el tema local el próximo 1 de julio del presente año. En los ocho estados están en juego 486 diputaciones de mayoría y 336 más por representación proporcional, así como mil 548 alcaldías, regidurías y sindicaturas. Sin embargo, son el antecedente a una de las contiendas electorales más competidas en la historia de México.
M. en A.P. Moisés Sánchez Ramírez
 

El proceso pasado, 2017, dibujó un escenario político-electoral del que partirán las cuatro principales fuerzas políticas: PRI, PAN, Morena, PRD, para continuar, consolidarse, salvarse de la debacle o posponer su desaparición como institutos políticos. De acuerdo con los resultados finales del PREP, en Coahuila: Miguel Ángel Riquelme Solís (PRI) obtuvo 38.31% de los votos; José Guillermo Anaya Llamas (PAN-ES-UDC-PPC), 36.81%; Armando Guadiana Tijerina, 12.04%; y Javier Guerrero García (independiente), 7.44%.

El PREP del Estado de México reportó que Alfredo del Mazo (PRI-PVEM-NA-ES) obtuvo 33.72% de los sufragios; Delfina Gómez Álvarez (Morena), 30.81%; Juan Zepeda Hernández (PRD), 17.79%; y Josefina Vázquez Mota (PAN), 11.29%.

En Nayarit, los porcentajes de votación favorecieron a la alianza de Antonio Echevarría García (PAN-PRD-PT-PRS), con 38.63%; Manuel Humberto Cota Jiménez (PRI-PVEM-NA) obtuvo 26.51%; Hilario Ramírez Villanueva (independiente), 12.34%; y Miguel Ángel Navarro Quintero (Morena), 11.99%.

Aunque en Veracruz no se votó para elegir gobernador es importante consignar que este estado cuenta con el tercer padrón electoral más importante del país. Tuvo una participación ciudadana de 59.14% y la mayoría de los votantes favorecieron a la alianza PAN-PRD que se quedó con 107 de los 212 municipios que se disputaron en las elecciones del 4 de junio.

Por su parte, la alianza PRI-PVEM se convirtió en segunda fuerza al ganar 40 municipios; mientras que Morena y Nueva Alianza quedaron empatados con el mismo número de cabeceras distritales: 17.

De acuerdo con estas cifras: el PRI se mete a la contienda por la Presidencia, que parecía posicionarse en un tercer lugar, que parecía darse una contienda entre dos, entre el PAN (PRD-MC) y Morena (PES-PT); el PAN se fortaleció poco a poco, aumentando su posibilidad de regresar a la silla presidencial; Morena se coloca en una buena posición, en la mejor que Andrés Manuel López Obrador ha tenido frente a la disputa por el cargo presidencial; y el PRD logró un respiro, al integrar la coalición Por México al Frente.

Sin embargo, los números no son más que un frío reflejo de lo que pasó en estos cuatro estados. Lo que quedó a la vista de propios y extraños fue una lucha sin cuartel por el poder entre las cuatro principales fuerzas políticas. Lo anterior se expresa ya, a través de una intensa campaña de dimes y diretes, donde la opción de la ciudadanía parecía ser escoger de entre todos al menos corrupto.

En 2017, el contexto fue otro, al final ganó quien pudo movilizar más recursos económicos, políticos y materiales; quien fue apoyado por el partido con la estructura territorial y de poder más grande; quien contó con el enorme soporte de recursos públicos, estatales y/o federales; quien tuvo tiempo de calidad en los medios sin que su imagen fuera golpeada una vez y otra también; quien tuvo el mayor voto duro a su favor o quien ha construido una red de apoyos y favores mutuos entre personas de escasos recursos, poca información y preparación formal y bajos ingresos; o quien, en su defecto, logró obtener un porcentaje de votación tal que la distancia entre el segundo y el primer lugar no pudo remontarse con algún tipo de “truco electoral” a la hora de las votaciones, ni los PREP de 70%, ni conteos rápidos del 74%,  ni algoritmos, ni urnas embarazadas, abiertas, sin actas y sin la omisión de las autoridades electorales.

Esa realidad, alterna al ideal democrático, quedó plasmada en aproximadamente mil 357 denuncias recibidas por la FEPADE, de ahí que, lo dicho por Luis Videgaray Caso, como ejemplo contradictorio del actual régimen, Secretario de Relaciones Exteriores, al referirse al reciente proceso electoral en Venezuela,  (domingo 19 de mayo), “México, no reconoce las elecciones ya que el proceso incumplió los estándares internacionales democráticos, tomaremos medidas diplomáticas y financieras como protesta” (El Universal. Nación, 22 de mayo, 2018) no cumple con lo mínimo en cuanto a calidad moral y ética política.  Además, mediante el Sistema de Atención Ciudadana durante la jornada electoral, en 2017, la fiscalía informó que a través de su servicio telefónico recibió 884 quejas o denuncias por posibles delitos electorales: 406 del Estado de México; 201 de Coahuila; 81 de Nayarit y 196 de Veracruz.

Existe la dificultad del PRI para ganar, pues con todos los recursos invertidos sólo le dio para quedar dos o tres puntos arriba de su adversario más cercano, tanto en el Estado de México como en Coahuila. Aunque el PRI haya ganado en las dos entidades mencionadas, va perdiendo votantes como reflejan los resultados de las elecciones para gobernador en el Estado de México: en 2005, Enrique Peña Nieto obtuvo 48% de los votos. Seis años después, Eruviel Ávila arrasó con 62%, mientras que Alfredo del Mazo se llevó la victoria con un pálido 33.72%.

Ahora bien, que tan costosa resulta la pseudodemocracia mexicana. Cada voto emitido el pasado 4 de junio costó al erario más de 446 pesos, cifra que triplica el costo por voto en las elecciones federales de 2012 y ubica los comicios locales de 2017 entre los más caros de la historia. De acuerdo con datos del INE, los procesos electorales del Estado de México, Veracruz, Coahuila y Nayarit tuvieron un costo global de 4 mil 948 millones de pesos. Para este proceso, 1 de julio 2018, se estima que se incrementará cinco veces el número de funcionarios públicos a elegir. La duda pertinente es si la cantidad global mencionada arriba se multiplicará por cinco o más dado lo que se juega.


jueves, 17 de mayo de 2018

La crisis en México, un asunto que no se puede negar.


Moisés Sánchez Ramírez.
ESCA STO TOMÁS Sección de Estudios de Posgrado e Investigación
Instituto Politécnico Nacional  
México está en crisis, una crisis profunda, que se ha extendido, que es dolorosa a la vista del Estado mexicano, de la clase política, una crisis que el propio Estado encarna, se trata en esencia de una degradación institucional, moral y de valores del propio Estado mexicano. Un estado corrompido institucionalmente que no puede hacer frente, por su incapacidad y complicidad, a su propia estructura, a las estructuras criminales. La violencia en México visibiliza el proceso de propagación de un foco canceroso: LA CORRUPCIÓN, LA IMPUNIDAD Y LA DESIGUALDAD SOCIAL. Es la complicidad violenta entre el crimen organizado y un Estado totalmente desorganizado que dan muestra de la falta de dirección política e institucional. ¿Qué diferencia existe entre los criminales protegidos por las armas y otros solapados por el fuero? Lo cierto es que el Estado mexicano está corroído por el patrimonialismo, el fundamentalismo privatizador y la torpe e ineficaz guerra contra el narcotráfico y ese mal que por décadas ha ejercido: LA DESAPARICIÓN FORZADA. La situación actual es alarmante, y por supuesto muchas y muchos ciudadanos libres y honestos de nuestro país, nosotros, hemos estado pendientes de los fantasmas de Tlatelolco (1968) el Halconazo (1971) hasta los hechos de represión que no paran, Aguas Blancas (1995); Acteal (1997); Atenco (2006); Tlatlaya (2014); los 43 Normalistas en Ayotzinapa (2014); Ostula (2015), Nochixtlán, Oaxaca (2016); LAS DESAPARICIONES FORZADAS, LA IMPUNIDAD descarada de la Guardería ABC, LOS FEMINICIDIOS y todo el derramamiento de sangre demencial, nos obliga a mirar, visibilizar, crear mayor conciencia y combatir la corrupción y la desigualdad mediante un pacto, un gran pacto social. En suma, el actual gobierno no se ha esforzado ni lo hará para promover una forma de gobierno distinta, alternativa, diferente. Políticamente para el PRI bastó “ganar” la elección y lo demás vendría por sí solo. Y lo que resultó es que hoy padecemos la más cruel de la represión por parte del Estado, simulación, autoritarismo y totalitarismo. Nos han sometido a una dinámica general de deterioro del Estado mexicano. 
   
“Ante todo el horror que vivimos,… En México hay un pseudo poder. Es pseudo porque es autoritario. Muy lejos de eso, el verdadero poder es el que convoca y organiza. La base de todo debe ser la organización. A mayor organización, mayor poder. El hecho de que muchas personas de la sociedad en México no están organizadas y viven supeditadas a unos cuantos, genera que estos tiendan al abuso del ESTADO MEXICANO”.

Sin duda, hoy, las clase política en México enfrenta un enorme reto y, es, frente al enojo social, al hartazgo de una sociedad que vive bajo la sombra de la violencia, la pobreza, el desempleo, la falta de oportunidades, la mala calidad de la educación, deplorable sistema de salud, las constantes crisis económicas e inflacionarias. 

Es suma y como reflexión, hoy, como en el pasado, los procesos electorales periódicos renuevan o ratifican a las élites en el gobierno como nunca antes en nuestra historia se había dado, tanto en términos de simultaneidad de la mayoría de los países como de perdurabilidad a lo largo de un lapso tan dilatado. Estos procesos electorales además de generar "legitimidad" no han tenido una enorme capacidad incluyente de sectores sociales históricamente marginados. Se podría decir que el sueño de las transiciones a la democracia se lograría en la medida en que el poder este en manos de las sociedad civil, habiéndose desterrado de la vida política; las instituciones políticas canalizan razonablemente las preferencias de los ciudadanos; la sociedad está en mayor o menor medida presente en los procesos de toma de decisiones; y las nuevas democracias han sabido ir construyendo poco a poco esquemas de integración y de cooperación política de geometría e intensidad variable fuera de la tutela de Washington. Un sueño que está en manos de diversos sectores sociales.


lunes, 14 de mayo de 2018

El impacto político de la violencia en México.


En el curso del actual gobierno, el retorno del PRI al poder, si bien representa un costo político de la violencia criminal, puede resultar mayor para Enrique Peña Nieto que para su antecesor Felipe Calderón, pero un enorme reto para quien gané los próximos comicios del día primero de julio 2018, y quien esté pensando en buscar refugio en la teoría de la inevitabilidad de la violencia, es decir, el desmantelamiento de grupos criminales. Peña Nieto ya no tiene esa salida. El objetivo prioritario de su gobierno ha sido la disminución de los delitos violentos, en particular el homicidio, el secuestro y la extorsión, dejando en la impunidad y vacío los feminicidios sistemáticos y otros delitos igual de graves y lacerantes para la sociedad. La violencia, si persiste, va a ser culpa del gobierno bajo Peña Nieto. Durante los primeros meses, trasladaron al gobierno panista calderonista la responsabilidad por los elevados niveles de violencia. Sin embargo, esa explicación se fue desgastando con el transcurso del tiempo.

En algún momento del año 2013, dio inicio la “guerra de Peña Nieto”, es decir, los homicidios, secuestros, extorsiones y todo el “Estado de horror” que hoy vivimos son parte de la actual administración. La política de seguridad anunciada hasta ahora tiene plazos largos de maduración. Por ejemplo, para poner en operación la Gendarmería, son necesarios cambios legislativos, modificaciones reglamentarias, adquisiciones o transferencia de equipo, y acondicionamento de instalaciones, entre otros requerimientos. No hubo nada, de hecho, en la estrategia esbozada por el gobierno federal que permitiera anticipar una mejoría dramática de las condiciones de seguridad en plazos políticamente relevantes, antes de las elecciones intermedias de 2015.
Partidos políticos. Elección 2018, México. 
En algún momento de los días, se volverá evidente que el gobierno de Enrique Peña Nieto va a afrontar los comicios federales con 45,000 homicidios, aproximadamente, bajo el brazo, por lo menos. En ese punto, probablemente intenten en la administración un viraje discursivo: menos énfasis en la reducción de violencia, más insistencia en indicadores de proceso (número de policías certificados, número de estados con reforma penal concluida, etc.), o bien en métricas relacionadas con el combate a la delincuencia organizada (detenciones, decomisos, erradicación, etc.). A esto le llamo el “bombardeo mediático” como distractor de una realidad cruel que vivimos en nuestro país. Un viraje de esa naturaleza tendría, sin embargo, un costo evidente. Hablar como Calderón (PAN) significaría validar implícitamente a Calderón o, al menos, su teoría de que había pocas alternativas prácticas a su política de seguridad. Desaparecerían, por definición, las posibilidades de marcar diferencias con las administraciones panistas. Pero no virar, cuando se tienen resultados menos que espectaculares en términos de reducción de violencia, podría ser catastrófico, que tendríamos: a) socavaría el principal activo priísta, la percepción pública  de eficacia, y b) mejoraría, por contraste, la imagen del gobierno previo (y de su partido). Una salida a esa trampa es intentar medidas heterodoxas, como una tregua a la salvadoreña, una desmovilización negociada a la colombiana. Ninguna ofrece garantía de éxito (y todas tendrían múltiples costos asociados), pero al menos abrirían una posibilidad, así sea remota, de mejoría dramática en el corto plazo.  No hay, sin embargo, ninguna señal de que los responsables de seguridad del nuevo gobierno estén pensando en ese tipo de alternativas. Otra posibilidad es tratar de modular las expectativas, anunciar desde ya que no se deben esperar grandes resultados durante la primera mitad del sexenio. Eso daría algo de espacio, pero no eliminaría del todo el desgaste de la violencia cotidiana (ante una masacre, por ejemplo, el gobierno no puede decir “aguántenme dos años”) Como Aguas Blancas, Guerrero Acteal Chiapas, la impunidad de la Guardería ABC, San Fernando, el silencio de Tlatlaya, Estado de México, los lamentables y trágicos hechos en Ayotzinapa, con la desaparición de 43 estudiantes normalistas, Tanhuato, Nochixtlan, Ixmiquilpan, de Ostula, del pasado 24 de enero 2018, el ataque armado sorprendió a los habitantes de Oxchuc, un municipio tzeltal Chiapas, pobre entre los pobres de este país, la violencia política hacia las mujeres, la violencia feminicida, y por supuesto la violencia dirigida a las y los actores políticos de nuestro país: Desde septiembre del año 2017, cuando inició el proceso electoral en nuestro país, hasta el día 11 de mayo,  último crimen político de 2018 , se han registrado 94 asesinatos de integrantes de algún partido político. 19 entidades de la República registraron estos lamentables hechos: Guerreo 19; Oaxaca 16; Puebla 10; Veracruz 8; Estado de México 7; Chihuahua 5; Hidalgo 4; Jalisco 4; Guanajuato 3; Michoacán 3; Durango 2; Tamaulipas 2; San Luis Potosí 2; Colima 2; Baja; California 1; Zacatecas 1; Nayarit 1; Chiapas 1; Tabasco 1. Contexto violento que  abollaría aún más de cualquier modo la imagen de ineficacia priísta. ¿Qué tan eficaz puede ser un equipo gobernante si se anuncia incapaz de mostrar resultados concretos antes de la mitad de su gestión de administración? En resumen, la pregunta no es si la violencia va a desgastar al gobierno de Peña Nieto, sino cuánto y qué tan rápido.  No lo sé, pero se me figura que buena parte del futuro político, social y económico del país depende de la respuesta… ¿Y, quién la tendrá?  ¿“Todos por México”; Por México al Frente”; “Juntos Haremos Historia”; las candidaturas independientes?…




jueves, 3 de mayo de 2018

¿Cuál es el rumbo de la Administración Pública en México?



Si bien en los últimos 30 años nuestro país ha pasado por muchos procesos en todos los ámbitos de la administración pública, también se ha teñido de rojo, la violencia extrema no es la excepción, las recurrentes crisis económicas y sociales,  la lucha por el poder político, los procesos electorales y lo mismo fraudes que han impuesto a “presidentes” y a cualquier cantidad de representantes populares mezquinos con interés propio, toda una historia que bien puede llevarnos muchos años poder entender. Nada es circunstancial, la firma del TLC y después entrada en vigor en 1994 marca una nueva etapa en la vida de nuestra propia historia. El rumbo en realidad ha sido incierto, no hubo transición democrática, es un espejismo creado por la misma clase política y el engaño de las llamadas “reformas estructurales”.

     Hoy me referiré al desempeño del Estado mexicano respecto a la organización administrativa, es decir, la Administración Pública en México, la cual ha transitado por un largo proceso de formación, configuración, adaptación y finalmente de maduración desde el siglo XIX hasta el siglo XXI. Cerca de 180 años de transformación, cambios, reformas, contrarreformas, programas de modernización e innovación gubernamental. Pero existe complejidad respecto a ese “rumbo” si vinculamos esa larga trayectoria histórica cuando nace con cuatro secretarias de Estado, resultado de la herencia colonial, en la actualidad cuenta con 18 secretarias de Estado y una Procuraduría General de la República. Ademas de 189 entidades paraestatales, producto del proceso de privatización de empresas públicas que tiene más de 20 años y todavía continúa.


     Diversas encuestas han mostrado que entre las principales causas de la escasa legitimidad y credibilidad del actual gobierno priista, está la poca capacidad para cumplir con sus funciones más elementales; la ineficiencia para ofrecer servicios y atender demandas sociales; su tendencia a interpretar discrecionalmente la ley, lo que genera abuso de autoridad, arbitrariedad e impunidad; la de responsabilidad de sus actos y omisiones, así como carencia de rendición de cuentas; y en forma destacada, el oportunismo, clientelismo y la corrupción.

     En este marco  se podrían establecer las condiciones para identificar las futuras tendencias de la administración pública en el presente siglo y de igual manera, aquellos asuntos pendientes en la agenda de reforma del Estado que tiene que ver con el aparato gubernamental. Sólo en una perspectiva histórica e integral es posible, de manera responsable y consciente establecer los derroteros que le deparan a la administración pública mexicana en el presente siglo.

En suma, en la historia de la administración pública mexicana existen tres estrategias para su mejoramiento: la reforma administrativa; la modernización administrativa; y la innovación gubernamental. En diferentes momentos históricos -de éxitos y fracasos administrativos- deben ser tomados en consideración en el momento de diseñar las futuras acciones de mejoramiento administrativo.


                                El liderazgo efectivo es poner primero lo primero.                                 La gestión eficaz es la disciplina llevada a cabo.
               Stephen Covey.

La categoría de género en el diseño de políticas públicas.

Pensar en la categoría de género nos permite considerar dos reflexiones, además de que demos partir del reconocimiento y la exigencia de la ...