lunes, 4 de mayo de 2020

LOS HOMBRES FRENTE A LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES


La muerte de Ana Orantes, la granadina de 60 años a la que su ex marido roció con gasolina y calcinó el 17 de diciembre de 1997 por haber contado en un programa de televisión los malos tratos a que éste la había sometido durante años, marcó un antes y un después en el grado de sensibilidad y repulsa de la opinión pública frente a la violencia machista. Su asesinato provocó que en enero de 1998 el grupo de hombres de Sevilla sacara el primer manifiesto público de “hombres contra la violencia ejercida por hombres contra las mujeres”, recogiera firmas de hombres en su apoyo y pusiera en circulación el lazo blanco, símbolo de la paz, sin saber que reproducían una iniciativa similar impulsada por hombres canadienses.

Esta decisión hizo visible, por primera vez, que la violencia contra las mujeres era rechazada por un número significativo de hombres, que dejaban de estar dispuestos a seguir manteniendo el silencio cómplice que sirve a los agresores de coartada, la coartada de hacer pensar que el maltrato lo ejercen en defensa de unos privilegios históricos que el colectivo masculino deseara conservar. La iniciativa marcó por tanto el principio del fin de la cohesión pública de los hombres frente a las mujeres; fue el primer signo claro de división de los hombres ante el conjunto de la ciudadanía en dos grupos claramente irreconciliables que intentan orientar la evolución de la mayoría del colectivo masculino: los que apuestan por mantener a toda costa sus privilegios sobre las mujeres y los que se plantean, junto al feminismo, erradicar las desigualdades entre los sexos. Estos dos grupos mantienen posiciones enfrentadas en todos los temas en los que se plantea la posibilidad de avanzar hacia la igualdad: incrementar la implicación de los hombres en lo doméstico, aplicar medidas de discriminación positiva para romper los techos de cristal que dificultan la igualdad de oportunidades, reconocer a las mujeres el derecho a controlar su sexualidad su capacidad reproductiva.


Los hombres, al menos en nuestro país, se manifiestan mayoritariamente a favor de la igualdad, aunque miran con cierta ambivalencia a quienes dedicamos parte de nuestro tiempo a denunciar las desigualdades. Es frecuente que nos vean con cierta incredulidad, como mandilones y sumisos, que tratamos de caer bien a las mujeres dándoles la razón en todo, pero poco solidarios con el resto de los hombres porque no mostramos complicidad con sus prácticas violentas, hombres que sólo vemos lo malo de los hombres.



Los hombres por la igualdad no estamos exentos de contradicciones personales y colectivas, tenemos un discurso francamente inacabado, y seguimos siendo vistos con desconfianza por sectores del movimiento de mujeres, que no acaban de considerarnos sus aliados porque somos hombres y, por tanto, una especie de drogadictos en proceso de rehabilitación que podemos recaer en cualquier momento.

Esta desconfianza parece que se va desvaneciendo con el paso de los años, a medida que las trayectorias personales, la solidaridad con las reivindicaciones del feminismo, los discursos que articulamos o las acciones que impulsamos van avalando la honestidad de nuestra apuesta por el cambio. La suspicacia también se diluye porque cada vez hay más hombres que contribuyen al cambio desde sus casas, desde sus lugares de participación social y desde la acción política, convirtiéndose en referentes necesarios para el cambio del resto de los hombres; propiciando que amplios sectores del movimiento de mujeres vean la conveniencia, la importancia y la inevitabilidad de una implicación consciente e intencionada de los hombres organizados por la igualdad, y la necesidad de asumir el riesgo de una alianza necesaria para acabar con la violencia machista y compartir el diseño y la construcción de un futuro que sin ellos (nosotros) no será posible.

La violencia contra las mujeres nos exige cambios en muchos frentes diferentes —aunque relacionados— que tenemos que aprender a conciliar para atenderlos de forma específica y simultánea, sin que al hacerlo dejemos de tener una vida razonablemente tranquila; y es que de lo que se trata, más que de hacer grandes gestos, es de ir viviendo cada día de forma un poco más igualitaria. Hace falta mantener una actitud crítica ante las desigualdades y violencias cotidianas menos llamativas que sufren las mujeres y otros colectivos (como las minorías sexuales) a causa de las actitudes y comportamientos sexistas que suelen pasar desapercibidos, sin dejar de ver los sufrimientos innecesarios que nos ahorraríamos si dejáramos de intentar de cumplir con muchos mensajes asociados a la masculinidad tradicional.

Para acabar con la violencia contra las mujeres hay que intervenir en cuantos frentes se vean implicados en la génesis, desarrollo, prevención o tratamiento del problema. Quizás los más evidentes y que reclaman una atención urgente y creciente son el rechazo a los agresores, deslegitimarlos, perseguirlos, vigilarlos, castigarlos y tratar de rehabilitarlos, al tiempo que impulsamos todas las medidas que favorezcan la igualdad entre los sexos y la liquidación por derribo del modelo masculino tradicional.

El rechazo de la violencia incluye a los que maltratan y a todos los que ven normal aprovecharse de las mujeres en lo doméstico o lo sexual; los que entienden que algunos las maltraten en determinadas circunstancias; los que sienten que se trata de algo que no les produce ni frío ni calor o los que no usan su influencia para oponerse, porque todos ellos se convierten, aun sin quererlo, en cómplices que toleran la violencia contra las mujeres.

Sabemos que los agresores pueden dejar de ejercer maltrato y cambiar, ya que la violencia no es algo irremediable que pertenezca a la naturaleza masculina, y los que piden ayuda terapéutica siendo conscientes de que tienen un problema que necesitan superar, tienen muchas posibilidades de conseguirlo.

Los maltratadores suelen ser hombres que creen en una masculinidad estereotipada, es decir, en la superioridad del hombre y la inferioridad de la mujer, y por tanto no presentan ningún problema mental especial, sino que piensan que por ser hombres tienen el poder dentro de casa y el derecho a mantenerlo, usando para ello la violencia física que consideren necesaria. Para ellos la mujer es alguien o“algo” a quien tienen que manejar y controlar. Como parte de ese control aparecen los celos, el aislamiento social de su pareja y la necesidad de mantenerla en situación de dependencia y la fatalidad, el feminicidio. 

En los hogares basados en una idea de la complementariedad entre los sexos y sus funciones,  donde el hombre es garante del orden y del dinero, y la mujer del bienestar emocional y de la organización doméstica, existen importantes diferencias de poder en las que la ecuación “protección por obediencia” se expresa en desigualdades en el nivel de autonomía económica, en el grado de libertad subjetiva y real, y en lo que cada parte se cree con el derecho de esperar o exigir de la pareja. El hombre se apoya en ella para sus proyectos y ella espera realizarse a través de él, convencidos erróneamente de que alguien pueda satisfacer enteramente sus deseos y sus necesidades.  Estas expectativas crean un exceso de dependencia que hace que cualquier reacción inesperada de la pareja se viva con inseguridad y sea motivo de conflicto.

El reto ya no es que los hombres digan estar a favor de la igualdad, el desafío es que asuman la parte de la carga que les corresponde en un reparto equitativo con las mujeres para que ellas puedan dedicar ese tiempo y esas energías a lo que les dé la gana, un paso a la acción que nos obliga a abandonar las relaciones sociales y el tiempo de trabajo remunerado necesario para disponer de las horas que exija nuestra dedicación al hogar y la familia.




José Ángel Lozoya Gómez
2009

No hay comentarios:

Publicar un comentario

La categoría de género en el diseño de políticas públicas.

Pensar en la categoría de género nos permite considerar dos reflexiones, además de que demos partir del reconocimiento y la exigencia de la ...