La muerte de Ana Orantes, la
granadina de 60 años a la que su ex marido roció con gasolina y calcinó el 17
de diciembre de 1997 por haber contado en un programa de televisión los malos
tratos a que éste la había sometido durante años, marcó un antes y un después
en el grado de sensibilidad y repulsa de la opinión pública frente a la
violencia machista. Su asesinato provocó que en enero de 1998 el grupo de
hombres de Sevilla sacara el primer manifiesto público de “hombres contra la
violencia ejercida por hombres contra las mujeres”, recogiera firmas de hombres
en su apoyo y pusiera en circulación el lazo blanco, símbolo de la paz, sin
saber que reproducían una iniciativa similar impulsada por hombres canadienses.
Esta decisión hizo visible, por primera
vez, que la violencia contra las mujeres era rechazada por un número
significativo de hombres, que dejaban de estar dispuestos a seguir manteniendo el
silencio cómplice que sirve a los agresores de coartada, la coartada de hacer
pensar que el maltrato lo ejercen en defensa de unos privilegios históricos que
el colectivo masculino deseara conservar. La iniciativa marcó por tanto el
principio del fin de la cohesión pública de los hombres frente a las mujeres;
fue el primer signo claro de división de los hombres ante el conjunto de la
ciudadanía en dos grupos claramente irreconciliables que intentan orientar la
evolución de la mayoría del colectivo masculino: los que apuestan por mantener
a toda costa sus privilegios sobre las mujeres y los que se plantean, junto al
feminismo, erradicar las desigualdades entre los sexos. Estos dos grupos
mantienen posiciones enfrentadas en todos los temas en los que se plantea la
posibilidad de avanzar hacia la igualdad: incrementar la implicación de los
hombres en lo doméstico, aplicar medidas de discriminación positiva para romper
los techos de cristal que dificultan la igualdad de oportunidades, reconocer a
las mujeres el derecho a controlar su sexualidad su capacidad reproductiva.
Los hombres, al menos en nuestro país, se
manifiestan mayoritariamente a favor de la igualdad, aunque miran con cierta
ambivalencia a quienes dedicamos parte de nuestro tiempo a denunciar las
desigualdades. Es frecuente que nos vean con cierta incredulidad, como
mandilones y sumisos, que tratamos de caer bien a las mujeres dándoles la razón
en todo, pero poco solidarios con el resto de los hombres porque no mostramos
complicidad con sus prácticas violentas, hombres que sólo vemos lo malo de los
hombres.
Los hombres por la igualdad no estamos exentos de contradicciones personales y colectivas, tenemos un discurso francamente inacabado, y seguimos siendo vistos con desconfianza por sectores del movimiento de mujeres, que no acaban de considerarnos sus aliados porque somos hombres y, por tanto, una especie de drogadictos en proceso de rehabilitación que podemos recaer en cualquier momento.
Esta desconfianza parece que se va
desvaneciendo con el paso de los años, a medida que las trayectorias
personales, la solidaridad con las reivindicaciones del feminismo, los
discursos que articulamos o las acciones que impulsamos van avalando la
honestidad de nuestra apuesta por el cambio. La suspicacia
también se diluye porque cada vez hay más hombres que contribuyen al cambio
desde sus casas, desde sus lugares de participación social y desde la acción
política, convirtiéndose en referentes necesarios para el cambio del resto de
los hombres; propiciando que amplios sectores del movimiento de mujeres vean la
conveniencia, la importancia y la inevitabilidad de una implicación consciente
e intencionada de los hombres organizados por la igualdad, y la necesidad de
asumir el riesgo de una alianza necesaria para acabar con la violencia machista
y compartir el diseño y la construcción de un futuro que sin ellos (nosotros)
no será posible.
La violencia contra las mujeres nos exige
cambios en muchos frentes diferentes —aunque relacionados— que tenemos que
aprender a conciliar para atenderlos de forma específica y simultánea, sin que
al hacerlo dejemos de tener una vida razonablemente tranquila; y es que de lo que
se trata, más que de hacer grandes gestos, es de ir viviendo cada día de forma
un poco más igualitaria. Hace falta mantener una actitud crítica ante las
desigualdades y violencias cotidianas menos llamativas que sufren las mujeres y
otros colectivos (como las minorías sexuales) a causa de las actitudes y
comportamientos sexistas que suelen pasar desapercibidos, sin dejar de ver los
sufrimientos innecesarios que nos ahorraríamos si dejáramos de intentar de
cumplir con muchos mensajes asociados a la masculinidad tradicional.
Para acabar con la violencia contra las
mujeres hay que intervenir en cuantos frentes se vean implicados en la génesis,
desarrollo, prevención o tratamiento del problema. Quizás los más evidentes y
que reclaman una atención urgente y creciente son el rechazo a los agresores,
deslegitimarlos, perseguirlos, vigilarlos, castigarlos y tratar de
rehabilitarlos, al tiempo que impulsamos todas las medidas que favorezcan la
igualdad entre los sexos y la liquidación por derribo del modelo masculino
tradicional.
El rechazo de la violencia incluye a los que maltratan y a todos los que ven normal aprovecharse de las mujeres en lo doméstico o lo sexual; los que entienden que algunos las maltraten en determinadas circunstancias; los que sienten que se trata de algo que no les produce ni frío ni calor o los que no usan su influencia para oponerse, porque todos ellos se convierten, aun sin quererlo, en cómplices que toleran la violencia contra las mujeres.
Sabemos que los agresores pueden dejar de
ejercer maltrato y cambiar, ya que la violencia no es algo irremediable que
pertenezca a la naturaleza masculina, y los que piden ayuda terapéutica siendo
conscientes de que tienen un problema que necesitan superar, tienen muchas
posibilidades de conseguirlo.
Los maltratadores suelen ser
hombres que creen en una masculinidad estereotipada, es decir, en la
superioridad del hombre y la inferioridad de la mujer, y por tanto no presentan
ningún problema mental especial, sino que piensan que por ser hombres tienen el
poder dentro de casa y el derecho a mantenerlo, usando para ello la violencia física
que consideren necesaria. Para ellos la mujer es alguien o“algo” a quien tienen
que manejar y controlar. Como parte de ese control aparecen los celos, el
aislamiento social de su pareja y la necesidad de mantenerla en situación de
dependencia y la fatalidad, el feminicidio.
En los hogares basados en una idea de la
complementariedad entre los sexos y sus funciones, donde el hombre es garante del orden y del
dinero, y la mujer del bienestar emocional y de la organización doméstica,
existen importantes diferencias de poder en las que la ecuación “protección por
obediencia” se expresa en desigualdades en el nivel de autonomía económica, en
el grado de libertad subjetiva y real, y en lo que cada parte se cree con el
derecho de esperar o exigir de la pareja. El hombre se apoya en ella para sus
proyectos y ella espera realizarse a través de él, convencidos erróneamente de
que alguien pueda satisfacer enteramente sus deseos y sus necesidades. Estas expectativas crean un exceso de
dependencia que hace que cualquier reacción inesperada de la pareja se viva con
inseguridad y sea motivo de conflicto.
El reto ya no es que los hombres digan
estar a favor de la igualdad, el desafío es que asuman la parte de la carga que
les corresponde en un reparto equitativo con las mujeres para que ellas puedan
dedicar ese tiempo y esas energías a lo que les dé la gana, un paso a la acción
que nos obliga a abandonar las relaciones sociales y el tiempo de trabajo
remunerado necesario para disponer de las horas que exija nuestra dedicación al
hogar y la familia.
José Ángel Lozoya Gómez
2009

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