miércoles, 30 de mayo de 2018

Un pensamiento crítico y la Democracia Social.

Moisés Sánchez Ramírez
Sección de Estudios de Posgrado e Investigación
Coordinación de Doctorado ESCA STO TOMÁS IPN
La democracia social es la alternativa frente a la desigualdad y la gestión conservadora y autoritaria de la crisis socioeconómica y política. Debe ser la base para la construcción de una nación más justa y solidaria. En México, la desigualdad social se ha incrementado con la crisis económica y las políticas de austeridad. El contexto de violencia, la devaluación salarial (con aumento anquilosado), el amplio empobrecimiento de una sociedad sumida en una enorme desigualdad social, con el aumento de la pobreza, pobreza extrema, con enormes carencias de alimentación en algunos sectores de la sociedad, así como el recorte de prestaciones sociales y servicios públicos, han contribuido a ensanchar las brechas sociales. Una minoría va acaparando privilegios, riquezas y poder en perjuicio de la mayoría de la sociedad. Hace todavía algunos años no había un claro reconocimiento institucional de la gravedad de esta desigualdad. Hoy día, este diagnóstico básico de la importancia de la desigualdad social ya es asumido por la mayoría de la gente y es admitido en los ámbitos políticos, académicos y mediáticos.

Existen numerosos indicadores de la evolución negativa y la gravedad de la desigualdad social en nuestro país. Los factores principales que la provocan son el recorte de plazas productivas, el empleo precario con bajos salarios, los recortes sociales y la insuficiencia de la protección social pública, acentuados por la gestión antisocial y autoritaria de la crisis del poder establecido, además del contexto de violencia por el que atraviesa nuestro país. Se ha incrementado la acumulación de bienes, recursos y poder en una minoría oligárquica con una desventaja comparativa respecto de la mayoría social, gran parte empobrecida esta minoría concentrada en el clero, empresarios, políticos y el crimen organizado. En el marco de una financiarización y globalización desregulada del sistema económico las élites dominantes y capas “extractivas” salen beneficiadas y las clases subalternas perjudicadas.
En México se puede hablar de la élite del poder como un grupo reducido de personas de los ámbitos político o económico que se legitiman entre sí, con valores, ideas e intereses convergentes –no por ello libres de pugnas entre fracciones–, que fungen como los agentes principales dentro de una estructura de poder vertical, jerárquica, cuyas decisiones son trascendentales para el resto de la sociedad. La crítica a la debilidad institucional en México debería fungir como una alerta para no perder capacidad crítica dentro de enfoques que privilegian la importancia de las instituciones y el diseño institucional, principalmente frente a la maltrecha división de poderes (González Casanova, 1965; Krieger, 1990; Meyer, 1998a y 1998b; Crespo, 1997) que impide la plena autonomía de instituciones como el Legislativo y el Judicial frente al Ejecutivo o de instancias que se presumen autónomas como el Instituto Nacional Electoral (INE) o el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI).
Una democracia social consolidada requiere mejorar la calidad de la política y desarrollar instituciones abiertas y cercanas a la ciudadanía. Su funcionamiento necesita de actores sociopolíticos capaces de representar la diversidad de intereses de toda la sociedad. En este sentido, debemos ofrecer plataformas de diálogo, talleres para el fortalecimiento de las capacidades públicas de actores progresistas, asesoría institucional, consultorías y análisis político. En el análisis Político debemos responder a una necesidad de observar lo que sucede en la política nacional de México y su relación con la economía, la sociedad y el contexto en el que vivimos.
Por lo tanto, desigualdad es un concepto relacional o comparativo. No define el avance o retroceso de la población en su poder adquisitivo o el crecimiento económico, sino las distancias distributivas entre los diferentes segmentos sociales. Ello significa que es compatible, como ha sucedido en varias épocas, el incremento de la desigualdad y la mejora de las condiciones de vida de la mayoría de la gente. Los de abajo pueden avanzar un peldaño, los de en medio dos y los de arriba cuatro. La desigualdad y las desventajas comparativas de condiciones y oportunidades se amplían, aunque las capas desfavorecidas vivan mejor que antes. En esa situación, en la conciencia social se relativiza esa situación de desigualdad al valorar que en términos de bienestar las clases subalternas están mejor que antes o que las generaciones anteriores. Es el poderoso factor de legitimación del desarrollo capitalista, cuando compatibiliza crecimiento económico (de empleo, bienes y consumo) y aumento de bienestar socioeconómico con aumento de las desventajas relacionales y las desigualdades en términos socioeconómicos y de poder de las capas populares respecto de los ricos y poderosos.
No obstante, la experiencia actual de la gestión de la crisis social y económica nos indica que, además del incremento de la desigualdad, también se ha producido un doble fenómeno que la agudiza: por un lado, el estancamiento y retroceso de las condiciones de vida y de influencia política y democrática de amplias mayorías sociales, clases medias y trabajadoras; por otro lado, una apropiación desmedida, muchas veces corrupta o ilegítima, y un control oligárquico de grandes beneficios económicos, ventajas y privilegios sociales y de poder institucional en las élites dominantes.
Estamos en otra etapa diferente a la de las tres décadas gloriosas de la segunda posguerra mundial con gran desarrollo económico, distribución y protección públicas ascendentes y mayor participación democrática en una dinámica más equilibrada (de rostro humano). Se mantenía una gran legitimación social del sistema económico y político, compatible con la persistencia de grandes desigualdades. En los años ochenta y más claramente en los noventa, ese equilibrio se rompe parcialmente con la generalización de la globalización económica desregulada, el predominio del financiamiento de la economía y la preponderancia de las políticas neoliberales.
La etapa actual se caracteriza por la recesión, el estancamiento o el escaso crecimiento económico y, sobre todo, del empleo y por las políticas económicas sociales regresivas y medidas autoritarias. La dinámica dominante es de desmantelamiento del Estado de bienestar, restricción de los derechos sociales y laborales, abaratamiento de los costes laborales y subordinación de la mayoría de la población trabajadora, incluida la precaria y en paro. Se termina por combinar mayor desigualdad y menores expectativas y dinámicas de progreso en las trayectorias laborales y sociales de la mayoría social subalterna. La desigualdad se hace más injusta. No solo se notan más los agravios comparativos entre el polo más rico y la mayoría popular, sino que gran parte de ella vive peor que antes y que su generación anterior. Se frustran las aspiraciones de movilidad social ascendente. Es la base del descontento y la indignación de la mayoría de jóvenes de capas trabajadoras y medias. Este sentimiento de injusticia está agudizado por la percepción del contraste entre esa realidad de desigualdad y bloqueo de trayectorias y la situación de mayor capacidad académica y expectativas de ascenso social, confianza en el “progreso” del sistema económico y una socialización relativamente libre, democrática e igualitaria en los ámbitos educativos e interpersonales, que actualmente se ven defraudadas.

Ante tal escenario, qué esperamos después del día primero de julio 2018, cambio de régimen o el estancamiento presidencialista, la instauración de la filosofía política llamada populista, o la simulación de un nuevo régimen tripartita entreguista.

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