El origen primigenio de
la administración colonial es la centralización de atribuciones, facultades y
recursos, en las instituciones de la Nueva España. Durante el siglo XVI, ya sea
mediante los órganos de la Corona española –Consejo de Indias– o de los órganos
propiamente coloniales –virrey, capitanía general, gobernador, audiencias,
corregidor y alcalde mayor–, pasando por la administración local, como fueron
los ayuntamientos y cabildos, la característica fundamental es la excesiva
centralización colonial, que representa una forma de dominación directa en lo
económico, así como en lo político y en lo administrativo (Almada, 1982).
En el siglo XIX, México
alcanza su independencia de España y junto con la Reforma, éstas son dos
transformaciones fundamentales en la administración pública mexicana. El país
nace con cuatro ministerios –Relaciones Exteriores e Interiores, Justicia y
Negocios Eclesiásticos, Hacienda, Guerra y Marina– con funciones que agrupan
las principales actividades de la administración pública. Esta organización
federal prácticamente tiene vigencia más de medio siglo.
La administración pública en este siglo
puede analizarse en cuatro etapas. En una primera etapa, la administración
congresional (1824-1829), que se inicia con la promulgación de la primera
constitución en 1824, como país independiente, en la cual existe un enorme
cúmulo de atribuciones y facultades delegadas al Congreso en detrimento del
Poder Ejecutivo.
Una segunda etapa se enmarca en una
ampliación de la acción gubernamental (1830-1836) y en la instauración de la
república centralista (1836). En esta etapa destacan en el aparato
gubernamental la existencia de comisarios, las comandancias generales, la
creación del Banco de Avío y la ampliación de la esfera de la acción gubernamental.
Posteriormente, se realizan diversos cambios en la organización del Poder
Ejecutivo mediante los siguientes instrumentos: las bases de organización para
el gobierno provisional de la república (1841); las bases orgánicas de la
república mexicana (1843) y las bases para la administración de la república
(1853). La administración pública inicia un proceso de modificaciones,
adecuaciones y cambios que se convierten en una constante durante el siglo XIX,
con el propósito de sentar las bases de un cambio institucional incremental que
no logra consolidarse debido a la inestabilidad política y social que vive el
país.
Una tercera etapa
corresponde al papel de la administración pública en la Reforma (1854-1874), en
la que se aprueba la segunda Constitución (1857); se inicia la promulgación de
las leyes y los decretos conocidos como Leyes de Reforma, por las que el Estado
asume funciones que la Iglesia católica tenía en sus manos, en el periodo de
Benito Juárez (1861-1876) y que consolida Lerdo de Tejada (1872-1876). Se
expide la Ley de Nacionalización de los Bienes Eclesiásticos en 1859, la cual
establece la separación entre los negocios del Estado y los puramente
eclesiásticos; se suprimen las órdenes religiosas, la fundación de conventos,
cofradías y congregaciones; se publica la Ley del Matrimonio Civil; la Ley del
Registro Civil; el decreto que cesa toda intervención del clero en los
cementerios y camposantos; el decreto que establece los días festivos y prohíbe
la asistencia oficial a las funciones de la Iglesia; se expide la Ley de Cultos
que pueden tener los individuos y señala que la autoridad de los sacerdotes es
exclusivamente espiritual, desconociendo los procedimientos judiciales y
administrativos por causa de herejía. La reforma administrativa juarista no
logra alcanzar las expectativas planteadas en palabras de Juárez como una
“revolución administrativa”, aunque sí sienta las bases para el mejoramiento de
la organización y el funcionamiento del aparato gubernamental. Se inicia un
profundo cambio institucional, en el sentido de que se formalizan las
relaciones del gobierno con los distintos actores y, de ese modo, se hacen más
eficientes y equitativas las tareas gubernamentales, además de otorgar un marco
de certidumbre y confianza (Cadena, 2003, 6). La definitiva separación del
Estado y la Iglesia logra consolidar de manera concluyente una nueva
institucionalidad estatal que reconoce al Estado como el legítimo representante
de los intereses de los ciudadanos, por lo que las Leyes de Reforma establecen
nuevas reglas de actuación institucional.
La cuarta etapa
corresponde a la administración pública dictatorial en los dos periodos de
gobierno de Porfirio Díaz (1877-1880 y 1884-1910), en la que el aparato
gubernamental tiene un impresionante crecimiento, diversificación y
especialización, producto de la estabilidad económica, política y social. La
paz social permite el desarrollo técnico y organizativo de la administración
pública. La simple descripción de las instituciones y la estructura de la administración
pública porfirista da cuenta del grado de desarrollo del aparato gubernamental
durante este periodo histórico. En ese tiempo se realizaban estudios sobre la
racionalidad de la acción gubernamental en términos pragmáticos, lo que brindó
a la burocracia un momento de estabilidad que no había tenido a lo largo de la
historia del México independiente. Ambas situaciones se conjuntaron para
propiciar una etapa de esplendor en las funciones, atribuciones y organismos de
la administración pública mexicana. La institucionalidad porfirista logra
resultados impresionantes con base en un modelo dictatorial pero, al mismo
tiempo, se crean las condiciones materiales para el estallido de la primera
revolución social, que comienza con reivindicaciones políticas –“sufragio
efectivo, no reelección”– y termina con demandas sociales como “tierra y
libertad”.
En el siglo XX, una vez
que la revolución mexicana concluye y se pacifica el país, se promulga la
Constitución de 1917, la cual establece nuevas atribuciones y responsabilidades
del Estado. En la esencia de los preceptos constitucionales emerge una nueva
institucionalidad que necesitará muchos años para implementarse. Nuevas
instituciones de toda clase y organismos públicos deben crearse para que emerja
una institucionalidad estatal, donde el eje de las transformaciones políticas,
sociales y económicas es el Estado. La administración pública comienza un largo
proceso de mejoramiento y renovación administrativa. Uno de los fenómenos más
importantes ocurridos en la sociedad mexicana durante el siglo XX, a raíz de la
revolución de 1910, es la notable expansión de la actividad económica del
Estado. Es un hecho que el crecimiento se deja sentir en todos los órdenes de
la vida social, pero en el dominio económico el desenvolvimiento de la acción
estatal es más notorio y evidente. Al modificarse las relaciones del poder es
cada vez más necesario, para que los cambios se asienten en el contexto
político, contar con instituciones fuertes que garanticen la continuidad de los
procesos y propicien un efectivo cambio estructural.
Entre 1928 y 1958.
Incluye el maximato (Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo
Rodríguez), pasando por la presidencia de Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila
Camacho, Miguel Alemán y Adolfo Ruiz Cortines. En esta etapa, la administración
pública tiene un enorme crecimiento, diversificación, especialización y
complejidad, como lo demuestran las sucesivas modificaciones al aparato
gubernamental: la Ley de Secretarías de Estado, Departamentos Administrativos y
demás Dependencias del Poder Ejecutivo Federal (1934); así como las tres
modificaciones a la Ley de Secretarías y Departamentos de Estado (1935, 1939 y
1946). El presidencialismo como sistema de gobierno crea una institucionalidad
perversa que enaltece al Poder Ejecutivo, tanto con facultades constitucionales
como metaconstitucionales, con una competencia electoral de fachada que muestra
la fragilidad democrática y que se sostiene por un sistema de botín que
compensa compromisos y lealtades del presidente y de las élites políticas que
se beneficiaron de un sistema patrimonialista y corporativista. La corrupción
política y administrativa de altos funcionarios es un cáncer que debilita la
frágil institucionalidad administrativa, que se explica por el pleno desarrollo
del sistema de botín, debido a la carencia de un servicio profesional de carrera.
De manera más
específica, la administración pública presidencial posterior a este periodo
histórico tiene tres etapas marcadas: 1) el desarrollo estabilizador
(1958-1970); 2) el desarrollo compartido (1970-1982), y 3) la etapa neoliberal
(1982-2000). La administración pública en el desarrollo estabilizador, que
incluye la presidencia de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz, se
desenvuelve en un ambiente de crecimiento económico sin precedente en la
historia del país, donde sólo se realiza una modificación a la Ley de
Secretarías y Departamentos de Estado (1958). La estabilidad económica, una
oposición partidista más simbólica que real, un modelo cerrado de economía y
un sistema patrimonialista de designación de cargos públicos, hace que todo lo
que se oponga a esa institucionalidad presidencial sea atacado con la fuerza
del Estado, minando desde adentro los arreglos institucionales fundamentales.
En lo que se refiere a
la administración pública en el desarrollo compartido, que corresponde a las administraciones
de Luis Echeverría y José López Portillo, se lleva a cabo una modificación a la
Ley de Secretarías y Departamentos de Estado (1970). Asimismo, se crea por
primera vez la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal (1976), que da
origen a la Secretaría de Programación y Presupuesto (SPP), en el marco de la
reforma administrativa que caracteriza estos doce años de gobierno.
La administración
pública neoliberal realiza diversas modificaciones, supresiones y creaciones de
diversas secretarías de Estado y departamentos administrativos en cuatro
ocasiones, con los cambios introducidos en la Ley Orgánica de la Administración
Pública Federal (1982, 1988, 1994 y 2000). Destacan en esta etapa el impulso a
los programas de modernización (descentralización, simplificación y
modernización administrativa) y la creación de la Secretaría de la Contraloría
General de la Federación (SECOGEF), por los cuales se introducen diversas
acciones para modernizar el aparato gubernamental. Paralelamente, se inicia un
amplio proceso de privatización de las empresas públicas que reduce
drásticamente el aparato paraestatal, así como un extenso proceso de
desregulación económica.
Surge una nueva era en la administración
pública, con la puesta en marcha de los programas de modernización. A finales
de 1982, los programas de reforma administrativa concluyeron después de doce
años y dieron paso a los programas de modernización administrativa. Miguel de
la Madrid propone el Programa de Descentralización Administrativa 1983-1988,
que incorpora diversas políticas públicas para que el país avanzara en la
descentralización de la vida nacional. Se estableció en la Constitución el
Sistema de Planeación Democrática y se promulgó la Ley de Planeación, que tenía
como instrumento básico el Convenio Único de Desarrollo (CUD), el cual servía
para impulsar una mayor descentralización administrativa entre la Federación y
los estados (Beltrán y Portilla, 1986).
En el marco de este
programa, destacan por su importancia cuatro líneas de acción: 1) la reforma
municipal con las modificaciones al artículo 115 constitucional; 2) la
descentralización de los servicios educativos (De los Reyes, 1986); 3) la
descentralización de los servicios de salud (Cardozo, 1993), y 4) políticas
para promover el desarrollo regional.
Durante el gobierno de
Carlos Salinas de Gortari se pone en marcha el Programa General de
Simplificación de la Administración Pública Federal (1989-1994), que tiene como
propósito fundamental reducir los trámites administrativos, los pasos y el
tiempo en la gestión de la prestación de los bienes y servicios públicos (Caso,
1986). Cabe señalar que en el gobierno de Miguel de la Madrid, mediante un
acuerdo presidencial, se propone realizar un conjunto de políticas, acciones y
actividades para mejorar la gestión de los trámites administrativos.
El propósito de este programa era
modernizar la administración pública para devolver a la sociedad civil su
iniciativa, que progresivamente había sido reducida ante un aparato estatal que
crecía en tamaño y complejidad. La simplificación administrativa fue una
estrategia para disminuir el número de trámites y agilizar la gestión pública.
Durante el gobierno de Ernesto Zedillo
las acciones de mejoramiento del aparato gubernamental se enmarcan en el
Programa de Modernización de la Administración Pública 1995-2000, conocido como
PROMAP. El propósito general del programa fue mejorar la calidad en la
prestación de los servicios públicos, mediante enfoques provenientes del
gerencialismo privado (planeación estratégica, enfoque de calidad y
reingeniería de procesos) para ser aplicados en la administración pública
federal. Estas herramientas administrativas, contradictorias entre sí y con
medios diferentes de aplicación, propiciaron una polémica al interior de la
propia administración pública, aunque como era de esperarse el programa se puso
en marcha (Roel, 1998). El PROMAP se llevó a cabo en dos etapas básicas: la
primera, que denominamos de “planeación estratégica y enfoque de calidad”,
mientras que la segunda se caracteriza por un enfoque de “reingeniería de
procesos” (mejoramiento de procesos).
El gobierno de Vicente
Fox (2000-2006) deben destacarse en materia de mejoramiento administrativo.
Primero, el Programa Nacional de Combate a la Corrupción y Fomento a la
Transparencia y el Desarrollo Administrativo (pccftda), que forma parte del
Plan Nacional de Desarrollo (2001-2006).
En el gobierno de Felipe Calderón, la
modernización se llevará en dos instancias: primero, el Programa de
Mejoramiento de la Gestión, (2007-2012) a cargo de la Secretaría de la Función
Pública, y segundo, el Presupuesto Basado en Resultados (PBR) y el Sistema de
Evaluación del Desempeño (SED), bajo la responsabilidad de la Secretaría de
Hacienda y Crédito Público. El PMG se reconoce como una estrategia del
Ejecutivo Federal que se enmarca en el PND, que busca realizar mejoras de
mediano plazo que orienten sistemáticamente la gestión de las instituciones
públicas al logro de resultados. Los objetivos generales del PMG parecen
modestos frente a los retos que enfrenta la administración pública moderna: 1)
mejorar la calidad de los bienes y servicios públicos, 2) incrementar la
productividad de las instituciones, 3) reducir costos a partir de la
optimización de los recursos y la operación de procesos eficientes y 4) evaluar
el desempeño de las instituciones públicas.
Antecedentes
y contexto del trabajo de investigación:
“PROPUESTA
DE UN MODELO DE MODERNIZACIÓN PÚBLICA, QUE PERMITA LA AGILIZACIÓN DE LAS
GESTIONES DE LOS SERVICIOS PÚBLICOS EN MÉXICO”.

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