viernes, 28 de septiembre de 2018

LA NOCHE DE TLATELOLCO, 52 AÑOS DESPUÉS.

Un caso paradigmático, en el que más de treinta años de historia han sido borrados y distorsionados, es la historia de la represión militar en Latinoamérica entre las décadas de 1960 y 1980, existe una brecha en los libros generados por la historia oficial en relación con ese pasado, por ejemplo, las dictaduras Latinoamericanas surgieron en un contexto político internacional claro, la Guerra Fría y la Revolución Cubana, un pasado imborrable en la memoria reciente. Esa misma historia en México, la historia oficial, la represión del Estado, las desapariciones, el aniquilamiento de la genuina libertad de expresión, las constantes represiones estudiantiles, violentas e institucionales son la historia presente, de aquel pasado que no se olvida.

En México, el movimiento estudiantil de 1968 no tuvo en las contradicciones económicas su motivación principal o determinante. Fue la incapacidad de la política estatal para asimilar los cambios en la estructura social, propiciados por el desarrollo económico, la que propició una movilización que pronto puso en evidencia la matriz autoritaria del poder político posrevolucionario, sobre todo la reciente Revolución Cubana.

De primera intención, podría proponerse que la “economía política” de ese tiempo no tuvo mucho que ver con lo ocurrido en las calles y universidades de la capital del país y otros estados de la República, pero no sobran elementos para pensar que la vinculación entre la economía y la política tuvo una dirección contraria a la comúnmente imaginada: que fue más bien la economía política posterior, la de la inestabilidad, las devaluaciones, las crisis y los derrumbes de los años setenta y ochenta, la que recibió y resintió el impacto multivariado de ese “desastre del desarrollo” (Albert Hirschman) en que al final se convirtió el movimiento estudiantil, con su secuela de represión masiva, cerco estatal a las universidades y, al despuntar los años setenta, opciones armadas revolucionarias y “guerra sucia”. Fue en los años posteriores al conflicto cuando se puso en evidencia la vía “estrecha” (Carlos Tello) a que había conducido el Desarrollo Estabilizador y que se manifestó en una incapacidad del Estado para cumplir eficientemente con su función legitimadora sin poner en riesgo la estabilidad macroeconómica.

Lo que sobresalía en la economía política mexicana de los sesenta era una cooperación estrecha entre los principales actores económicos y sociales. De asegurar esta cooperación se encargaba el Estado a través del sistema “PRI-gobierno” (Moreno Sánchez); es claro que sus contradicciones económico-sociales “clásicas” seguían en activo y que de ellas podría haberse esperado un desafío de significación para el orden político imperante. No ocurrió así, ni siquiera cuando el movimiento se desplegó como una movilización de alcances y pretensiones populares.

La solidaridad entre los protagonistas económicos sustentaba y se sustentaba en la estrategia de crecimiento implantada por el Estado después del trauma devaluatorio de 1954, de donde arranca lo que después se bautizó como la “estrategia del desarrollo estabilizador”. La devaluación de 1954 y la inflación de los años de la guerra y la inmediata posguerra, junto con los excesos de corrupción y concentración de la riqueza que tuvieron lugar en el periodo del presidente Alemán, hicieron surgir vastos movimientos sociales y proletarios que pusieron en cuestión la política de “unidad nacional” iniciada durante la Segunda Guerra Mundial por el presidente Ávila Camacho. El alemanismo llevó al extremo las coordenadas de esa política y agrietó las relaciones del gobierno con las organizaciones de masas encuadradas en el régimen de la Revolución mexicana, así como la legitimidad del Estado, cuya reproducción dependía de la memoria, los mitos y la imagen unificadora que derivaban del pasado revolucionario.

Esas movilizaciones, más que en una lucha de clases abierta, derivaron en confrontaciones entre las organizaciones populares y el Estado que pretendía representarlas. Tal vez fue debido a esto que la represión de aquellos años, a los maestros, ferrocarrileros y otras agrupaciones sindicales, desembocó casi de inmediato en la búsqueda de una política económica destinada de manera explícita a no repetir las condiciones que hicieron posible aquella movilización obrera.

El origen del movimiento estudiantil de 1968


Se da el día 22 de julio.  Estudiantes de la Vocacional 2 y 5 del Instituto Politécnico Nacional (IPN), y la Preparatoria Isaac Ochoterena, incorporada a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). El escenario: la plaza de la Ciudadela. Previo a escenario de represión por lo acontecimientos, existía ya un contexto de violencia por parte de grupos ajenos a las instituciones educativas, Pandilleros de la zona armaban conflictos, robos, agresiones a estudiantes desde hacía tiempo, sin que las autoridades del gobierno actuaran para detenerlos. Pero para el hecho registrado entre estudiantes de las escuelas la autoridad llamó a los granaderos que no se limitaron a detener el enfrentamiento, sino que agredieron a los estudiantes con saña, invadiendo incluso los edificios escolares.

Con el paso de los días, el movimiento fue tomando nuevas formas, ampliándose y volviéndose complejo. Las demandas de los estudiantes terminaron concretándose, a través del pliego petitorio del Consejo Nacional de Huelga (CNH), en seis puntos: 1. Libertad a los presos políticos; 2. Destitución de los generales Luis Cueto Ramírez, Raúl Mendiolea, y del teniente coronel Armando Frías; 3. Extinción del Cuerpo de Granaderos, y no creación de cuerpos semejantes; 4. Derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal Federal; 5. Indemnización a las familias de los muertos y heridos; 6) Deslindamiento de responsabilidades de los actos de represión y vandalismo por parte de las autoridades a través de la policía, el cuerpo de granaderos y el ejército.

Para protestar por la violencia policiaca, mujeres y hombres jóvenes, estudiantes del IPN hicieron una manifestación el 26 de julio, misma fecha en la que otros estudiantes, mayoritariamente de la UNAM y organizaciones de izquierda, realizaban una marcha de apoyo a la revolución cubana. La primera debía terminar en el Casco de Santo Tomás, pero al calor de la protesta se desvió hacia el Zócalo. En la calle de Palma, la esperaban los granaderos que la reprimieron violentamente.

El movimiento se extendió rápidamente, pero también se organizó de la misma forma. El 30 de julio representantes del Politécnico se reunieron en un Comité Coordinador, de ahí nació el Consejo Nacional de Huelga (CNH) formado con delegados electos en cada una de las asambleas de las escuelas en huelga. Esto le dio una representatividad indiscutible y, al mismo tiempo, hizo de las asambleas las plataformas para la organización y el debate. El CNH llegó a reunir a representantes de 77 escuelas, incluyendo universidades de otros estados. El 4 de agosto, en su primer pronunciamiento público, formuló los seis puntos del pliego petitorio y convocó a una manifestación para el 5 de agosto, de Zacatenco al Casco de Santo Tomás.

Además de los seis puntos del pliego petitorio se planteaba una condición: “el diálogo público”. El movimiento ponía en duda la “honradez” del gobierno de Gustavo Días Ordaz. Por eso no fue tomada en serio la melodramática frase de Díaz Ordaz cuando ofreció su mano tendida: “Una mano está tendida, la de un hombre que a través de la pequeña historia de su vida, ha demostrado que sabe ser leal. Los mexicanos dirán si esa mano se queda tendida en el aire o bien esa mano, de acuerdo con la tradición del mexicano, con la verdadera tradición del verdadero, genuino, del auténtico mexicano se ve acompañada por millones de manos que, entre todos, quieran restablecer la paz y la tranquilidad de las conciencias…” El movimiento respondió con certeza punzante: “a la mano tendida, la prueba de la parafina”.

El protagonista: desde el aula 102

Florencio López Osuna, mi maestro de economía, apreciable docente en la Escuela Superior de Economía IPN, sin prisa, siempre lo observé caminar sobre el pasillo de la planta baja del edificio de los primeros semestres de la Licenciatura en Economía, en su mano derecha tres o cuatro libros y en la izquierda un cigarrillo, marca "Delicados sin filtro”. Pensativo, serio, a veces sonriente y sus clases siempre extraordinarias "Teoría del Valor y del Capital", Salario y Acumulación del Capital", Reproducción y Circulación del Capital". 

Florencio López Osuna
Imagen: La Jornada Virtu@l
Tengo presente en mi memoria cada clase, su rostro, la pulcritud, la cordura, la mirada siempre fija, lleno de historia, no utilizaba absolutamente ningún otro material didáctico, solo los libros y su memoria histórica, hora y media de brillante exposición, si parar, con el cigarrillo en la mano y su palabra, la verdad histórica del Marxismo en México y el Mundo, del agobiante capitalismo y el terrible neoliberalisimo en nuestro país.  

Previo a la conmemoración del 2 de octubre, corría el año 1996 y por conmemorar 28 años de la más cruel de las represiones y asesinato en México a mujeres y hombres estudiantes, libres pensadores, objetivos y con el firme deseo de cambiar la ruta de nuestro país, el Mtro. Florencio López Osuna nos contó con detalle los hechos que han marcado a México y su historia, "La Noche de Tlatelolco". Líder estudiantil de la Escuela Superior de Economía, "como primer orador del mitín, fui el único de una lista de tres compañeros que habíamos sido comisionados para hablar esa tarde del 2 de octubre de 1968 a nombre del Consejo Nacional de Huelga". 

Dos impresiones me llevé del Mtro Florencio López Osuna aquella tarde de agosto del año 1996, iniciando el semestre, imaginando cada palabra, cada evento del 2 de octubre, la verdadera historia y ver su rostro, en ocasiones con la mirada al piso y en otras al techo del salón 102, con la mirada profunda, los ojos sollozos, la voz entrecortada, su historia, nuestra historia.    

Comienza la historia, comienza el viaje a aquella noche trágica:… “Yo estaba en el centro de la tribuna cuando comenzaron los disparos, me di la vuelta, y, dando la espalda a la plaza, vi que el tercer piso se había llenado de gente que, después supe, era del Batallón Olimpia, eran jóvenes como nosotros, algunos traían una fusca en la mano; otros cargaban metralleta, todos traían un guante blanco. A unos pasos de donde estaba David (Vega) forcejeaba por el micrófono con uno del Batallón Olimpia, al que se le salió un tiro”

Así comenzó Florencio López Osuna, con una voz desgarradora, lagrimas en sus ojos, se le iban las palabras, respiraba profundamente y también fumaba, todas y todos en el salón 102 lo escuchábamos … “Los del batallón les dieron tres instrucciones [Todos a la pared, todos al suelo y al que alce la cabeza se lo lleva la chingada. Mientras tanto, un tipo alto, fornido, con gabardina, disparaba contra la multitud], yo permanecí de pie; durante segundos, pegado al barandal del tercer piso, pude ver cómo se formaba un remolino en la plaza, la gente se movía como una ola de mar. En ese momento, uno de los agentes me tumbó al piso, cayéndome encima”.

…. “A los que estábamos en el tercer piso nos dividieron: A unos los subieron al cuarto piso y a otros nos bajaron al segundo. Yo fui de estos últimos, un tipo que estaba acostado con nosotros nos decía en qué turno debíamos arrastrarnos, a unos pasos de ahí, había otro tipo en cuclillas, era el que mandaba Todavía lo recuerdo: patilludo, orejón. Cuando tocó mi turno, el que estaba acostado le dijo a su jefe: Éste fue orador en el mitin. Entonces, me jalaron, me mentaron la madre, ahí empezaron los chingadazos”.

Cada palabra de mi Mtro. Florencio López Osuna me llevaba al momento de la historia, de la represión, incluso nos preparábamos ya desde el Comité de Lucha de la Escuela Superior de Economía (CLESE), para organizar la marcha desde el Casco de Santo Tomás (septiembre, 1996). Recuerdo que una tarde previa a la marcha había elementos del ejercito vestidos de civil, en cada esquina, cada avenida que rodeaban al Casco de Santo Tomás, el ambiente se tornaba gris por su presencia, pensábamos esa tarde en el CLESE que podría haber represión, más nos organizábamos, compañeras y compañeros, maestras y maestros, uno de ellos Florencio López Osuna.   

Hay que pensar qué momento estábamos viviendo: Nuestras escuelas eran ametralladas constantemente, había que tener con qué defenderse. El tipo patilludo me ordenó: ¡Ven acá! Me estaba apuntando con una pistola y entonces pensé que era prudente informarle que estaba armado, el tipo se descontroló, empezó a catearme desesperadamente, hasta que me encontró el arma, me pegó con la pistola en la boca y empecé a sangrar y le dijo a uno de sus compañeros: ¡Llévatelo, y a la primera pendejada, chíngatelo!…. En el segundo piso me quitaron el cinturón y, a diferencia de otros estudiantes, me amarraron las manos hacia atrás, mi ropa fue cediendo a los jalones, sólo permanecieron en su lugar mis calzones mojados, mi chamarra y la camiseta quedaron colgadas de los antebrazos, atoradas en la atadura de las manos. Ya bajo custodia del Ejército, con la cara sangrando, me pasaron bajo los chorros de agua que escurrían del edificio, me pedían lavarme la cara para poderme fotografiar al llegar al Campo Militar Número Uno, donde permanecí hasta mi reclusión en Lecumberri”.     

Cada año partíamos del Casco de San Tomás, Florencio, decidió en algún momento compartir cada parte de la historia de la noche de Tlatelolco, recuerdo que la Revista Proceso, realizó algunas entrevistas y publicaciones, a partir de la entrevista realizada al Mtro. Florencio López Osuna, sale a la escena pública, la misma revista Proceso publicó en portada su fotografía, en la que aparece torturado durante la noche del 2 de octubre de 1968, en el interior del edificio Chihuahua, de Tlatelolco. “A partir de la publicación, fui solicitado por muchos medios de comunicación –televisión, radio y prensa- para que diera mi testimonio sobre la matanza estudiantil de Tlatelolco en 1968”.

La historia de México y nuestra memoria histórica, registraron, para vergüenza del Estado mexicano y tristeza para autoridades, la comunidad estudiantil del Instituto Politécnico Nacional, de la Escuela Superior de Economía, de familiares, amigas y amigos la muerte de Florencio López Osuna, murió asesinado en condiciones poco claras, cuando se empezaron a abrir los archivos sobre la matanza en la plaza de Tlatelolco (1968), dos semanas después de haber aparecido una foto de él, en la portada de la revista Proceso (9 de diciembre, 1968); en dicha foto, tomada el mismo día de los acontecimientos del 1968, Florencio aparecía con las manos atadas a la espalda y golpeado, custodiado por elementos del ejército.

Poco antes de morir, de ser asesinado en el inicio del régimen autoritario y represor de Vicente Fox como presidente, Florencio López Osuna dijo a sus compañeros que era preciso aprovechar la coyuntura de la publicación de las fotos sobre el 68´: …”hay que hacer una gran comisión que revise los hechos y los esclarezca… Hay que entrarle”.

Lo cierto es que Florencio López Osuna fue preso político del régimen dos años y medio, donde supo ejercer un papel importante entre sus compañeros de infortunio, participando en la organización e impartición de cátedra al interior del penal en improvisada academia.

“Siguen siendo las seis con diez de la tarde,
en Tlatelolco otro estudiante, 50 años después, ha muerto
El batallón Olimpia continúa en el edificio Chihuahua
De cualquier calle mexicana vuelve la impunidad
De Digna a Florencio, de Florencio a Digna
Grita de igual manera el grito en lucha:
¡2 de octubre no se olvida!
¡Florencio no se olvida!”

En memoria de mi querido y apreciable Mtro. Florencio López Osuna
#FueElEstado 20 de diciembre de 2001.

Moisés Sánchez Ramírez

Instituto Politécnico Nacional
Escuela Superior de Economía
Generación 1996-2001



*Eugenia Allier Montaño
*Rolando Cordova
*Proceso 1312


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