jueves, 5 de noviembre de 2020

CELOS Y VIOLENCIA.

La dependencia emocional 

es un deseo irresistible de otro, 

es concebir la vida al lado de alguien al que se idealiza 

y se considera poderoso.


Los celos constituyen una emoción que surge como consecuencia de un exagerado afán de poseer a la pareja de forma exclusiva, y cuya base es la infidelidad —real o imaginaria— de la persona amada. Se trata en realidad de un sentimiento profundo y duradero que se halla en las personas, y que está fundado en el deseo de poseer solo para sí a la persona querida («me perteneces», «eres solo para mí») y en el temor a perderla en beneficio de un rival. Los celos se estructuran en forma de una respuesta emocional compleja compuesta por un agregado de diversas emociones primarias básicas. Los tres componentes fundamentales de los celos son: a) el sentido de posesión; b) el temor a la pérdida; y c) la sospecha/certeza de un rival (Castilla del Pino, 1995).

 Los celos en sí, dentro de ciertos límites, no son anormales, ni tampoco son necesariamente una prueba de inmadurez o de un desarrollo emocional defectuoso.

En realidad, y aunque la presión social ha aminorado en el terreno de los cuernos, constituyen una de las grandes pasiones del ser humano. Eso de que los celos son característicos de los latinos es una falsedad publicitaria. Puede que sean más explosivos en su aparición o más primarios en su expresión, pero no son exclusivos de ellos. Esta pasión anida en lo más profundo de los seres humanos y difícilmente se supera cuando el celoso ha desarrollado su morbo (García-Andrade, 1995).



Negar la existencia de los celos es absurdo. Las filosofías que creen que los celos son exclusivamente un asunto meramente cultural cometen un error. Siempre es una equivocación confundir la progresía con la ausencia de celos. En el movimiento hippie, por ejemplo, mucha gente se vio forzada a una represión de estos sentimientos que a la larga provocaron daños psicológicos a muchas personas. Los celos forman parte de nuestro repertorio de reacciones, cuya función es vincularnos y mantener las relaciones que consideramos valiosas. Lo problemático no es sentirlos, sino qué hacer con ellos cuando no se sabe gestionarlos bien.

Por tanto, el problema radica en la existencia de celos patológicos. En estos casos los celos están condicionados más por el instinto de propiedad que por el deseo sexual y contribuyen a socavar la dignidad de la persona querida, sembrando dudas continuamente y pudiendo llegar a generar actitudes violentas. Los celos patológicos son enormemente destructivos porque acaban con la convivencia, convierten la vida cotidiana en un infierno y a veces, en los casos más dramáticos, pueden desembocar en la muerte de la víctima. Hay hombres incluso que montan en cólera cada vez que su pareja menciona el nombre de un novio que tuvo ella diez años antes de su matrimonio. Por ello, los celos que están anclados en el corazón pueden ser responsables de crímenes, suicidios y crueles venganzas, que están motivados por esta tormentosa obsesión (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2001).

Los celos generan una profunda reacción de malestar emocional ante lo que se percibe como una amenaza (sea esta real o no real) para la relación de pareja («me siento una basura porque estoy siendo despreciado»). Los temores del celoso se refieren a ámbitos diversos, pero siempre están relacionados con el control de lo que hace o piensa la pareja: qué hace cuando no está con él, qué imagina cuando no piensa en él, qué planea cuando habla con otras personas, qué habrá hecho con otros hombres, con qué habrá disfrutado, cuáles son los indicios que denotan su intención de abandonarle. Las relaciones de celos están viciadas porque la persona celosa se centra en reducir infructuosamente la sospecha por medio de la vigilancia en lugar de centrarse en el disfrute del amor o en la resolución de los problemas existentes. Los celos producen un gran deterioro en la relación de pareja —uno de cuyos pilares es la mutua confianza y la comunicación sincera— y pueden acabar con ella, e incluso en algunos casos desembocar en la violencia.

Las situaciones que ponen en marcha las conductas de celos pueden ser muy diversas. Algunas pueden tener que ver con la pareja (por ejemplo, que muestre interés o hable mucho de un compañero de trabajo, que se vea obligada a hacer viajes profesionales o que se desconozca el paradero de la pareja en un momento determinado) y otras con las circunstancias personales del sujeto celoso (por ejemplo, que se sufra estrés por circunstancias ajenas a la relación). Las conductas de celos pueden hacer insoportable la relación, como cuando se interroga continuamente a la pareja sobre sus actividades cuando no están juntos o sobre las relaciones mantenidas en el pasado, se la telefonea constantemente para tenerla localizada, se aparece bruscamente en los lugares frecuentados por ella (trabajo o gimnasio), se examina su ropa (pañuelos, vestidos o ropa interior) o sus armarios en busca de signos de contactos sexuales, o se espía la identidad de los amigos agregados en Facebook o los mensajes del móvil o del correo electrónico. Cuanto más tarda en hablar con su pareja el celoso sobre sus temores, más crece la presión y más violento se volverá en su interrogatorio.

Las dudas de las personas celosas son muy difíciles de resolver porque los posibles rivales pueden ser múltiples (hoy uno, mañana otro) e incluso pasados, como en el caso de los celos retrospectivos (referidos a parejas anteriores, incluso de años atrás, que perciben como amenazantes). Los celos en este caso, como una especie de síndrome de Rebeca, se refieren a la comparación con la pareja anterior («tú le querías más que a mí») o a la sospecha de que su recuerdo sigue presente en ella («tú, en realidad, sigues aún enamorada de él»).

Es posible incluso la acusación de infidelidad mental. Es decir, el celoso es consciente de que su pareja no le engaña con nadie, pero ¿cómo asegurarse, por ejemplo, de que ella no piensa en el supuesto rival, no lo desea o no lo mira de una determinada forma significativa? En estos casos el tormento de la persona celosa deriva de la inaccesible intimidad de la pareja y, por tanto, de la imposibilidad de comprobar la verdad o falsedad del presumible engaño (Castilla del Pino, 1995).

Si bien los celos pueden surgir en cualquier fase de la relación amorosa, hay ciertos momentos críticos en la relación de pareja, tales como el comienzo de la convivencia, el nacimiento de un hijo, un nuevo trabajo, la existencia de continuos viajes por motivos laborales o el éxito profesional brusco.

Los celos corroen a la persona celosa y destruyen emocionalmente a la persona de la que se siente celos, y constituyen la sombra del amor, que acaba por transformar la vida de la pareja en un auténtico infierno.

Los hombres suelen ser más celosos que las mujeres, pero no son exclusivos de ellos. En el hombre los celos se manifiestan en forma de ira o de agresión; en la mujer, en forma de tristeza o depresión y, en muchas ocasiones, mezclados con autorreproches («¿qué he hecho mal para que esto me ocurra?»).

Hay personas más predispuestas a padecer este tipo de conductas. Los celos son una reacción típica de sujetos inseguros que no confían ni en sí mismos ni en su relación, así como de personas con rasgos paranoides. De este modo, los rasgos de personalidad más habituales en los celosos son la autoestima baja, la desconfianza hacia los demás, la suspicacia y la hipersensibilidad, que pueden llevar, junto con unos rasgos obsesivos, dependientes o paranoides, a una preocupación enfermiza por la fidelidad de la pareja. Se trata de personas solitarias que se relacionan con poca gente con excepción de su pareja. Otras veces se trata de sujetos acomplejados o necesitados de estimación y muy dependientes del otro miembro de la pareja: les aterra perder al ser querido. “A veces puede tratarse de personas que han sufrido un trauma grave y una humillación en su vida sentimental, que luego pueden reaccionar de manera incontrolada ante una provocación absolutamente mínima, especialmente si se ha idealizado demasiado a la pareja” (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2001).

La relación de los celos con la violencia se establece a diversos niveles. El celoso puede intentar retener a la fuerza a la persona querida (porque es su razón de ser o de existir) por medio del control y de la vigilancia y, en último término, si esto no es posible, destruirla (por lo que entraña de humillación para el sujeto celoso). “El motivo de sufrimiento del celoso es la posible pérdida de la propiedad de la mujer que posee (se trata de mi mujer) y que le confiere un valor en el grupo social de referencia” (Castilla del Pino, 1995).

 

¿Cuándo los celos normales se convierten en patológicos?

 Los celos constituyen una emoción hasta cierto punto normal en una relación de pareja y son reflejo del temor a la pérdida de algo valioso, pero, en su forma extrema, llegan a adquirir un carácter patológico. “No es fácil establecer el límite entre los celos normales y los celos patológicos. Pero existen grados. Los celos se vuelven anormales cuando son intensos —ataques de celos— y permanecen estables temporalmente en la persona afectada a pesar de su carácter infundado. Cuando se traspasa la frontera que permite manejarlos y resolverlos adecuadamente, se convierten en patológicos. En estos casos son como un aguijón que se clava con todo su veneno” (Martínez Selva, 2013).

En los celos patológicos hay tres características nucleares: la ausencia de una causa real desencadenante, la extraña naturaleza de las sospechas y la reacción irracional del sujeto afectado, con una pérdida de control. El arrebato del celoso es producto de la fantasía. En definitiva, lo que confiere un carácter patológico a los celos es la irracionalidad e intensidad desproporcionada de los mismos, el sufrimiento experimentado por el sujeto y el grado de interferencia grave en la vida cotidiana del celoso y de la víctima. Sentirse abrasado, corroído o reconcomido por los celos —el lenguaje es muy explícito a este respecto— es lo que caracteriza a los celos patológicos.

Las personas afectadas por un problema de celos se sienten muy atormentadas. A veces se alternan estados de celos agudos e incontrolados con períodos de lucidez, acompañados de fuertes remordimientos hacia la víctima y de períodos de depresión, con riesgo incluso de suicidio.

Desde una perspectiva psicopatológica, es decir, cuando se trata de un trastorno, esta creencia irracional puede presentarse de tres maneras diferentes: a) como un arrebato u obcecación, en forma de ataques de celos más o menos continuos (celos pasionales); b) como un pensamiento invasivo que no se puede eludir (celos obsesivos), y c) en forma de ideas delirantes (delirio de celos). Los celos patológicos ligados a otros trastornos psiquiátricos parecen ser, en general, más fáciles de tratar que los celos imaginarios en estado puro. Los celos pasionales surgen de la inseguridad de perder a la persona querida y de la envidia de que esta pueda ser disfrutada por otro. La fidelidad se vive como una idea sobrevalorada, es decir, que absorbe el campo de la conciencia, que la impregna afectivamente y que produce una merma en el rendimiento del resto de las funciones del pensamiento.

La ansiedad experimentada, en la medida en que los celos afectan profundamente a la autoestima del sujeto y en que producen obcecación, puede cargarse de agresividad y de violencia. Perder al ser querido y sentirse postergado por un rival, sobre todo cuando el sujeto celoso se ha enterado por terceras personas y el rival es un amigo o una persona a la que se percibe como superior (más rico, más destacado profesionalmente o más joven), puede suponer una humillación profunda para la persona afectada. De este modo, la firme creencia en la infidelidad de la pareja provoca un estado emocional intenso de ira que, junto con otros factores asociados, puede desencadenar episodios de violencia impulsiva. “De hecho, han aumentado de forma inquietante las conductas violentas motivadas por los celos, quizá sin el trasfondo del honor ofendido de otras épocas, pero tan insoportablemente padecidos como en sus mejores tiempos” (Martínez Selva, 2013).

En este caso no hay un trastorno psicopatológico preciso, sino un estado emocional más o menos continuo —el arrebato o la obcecación—, que es una reacción vivencial anómala y que puede afectar a la lucidez del sujeto. Los celos pasionales se diferencian de los delirantes en que, en este último caso, hay una certeza absoluta por parte del sujeto de ser engañado, lo que a veces surge de forma explosiva e inmediata a la percepción delirante. Sin embargo, en los celos pasionales puede haber períodos de lucidez en los que el celoso adquiere un sentido crítico respecto al carácter irracional de sus celos o al carácter inapropiado de sus conductas.

A diferencia de los celos delirantes, en donde los sujetos actúan con una frialdad emocional, los celos pasionales, con una fuerte impregnación afectiva, guían las conductas del sujeto de forma impulsiva cuando, por ejemplo, el sujeto interpreta torcidamente una mirada de su pareja o malinterpreta una reacción de simpatía de ella hacia otra persona como un gesto de coquetería o incluso una insinuación. “Estos arrebatos pasionales no son exclusivos, como podría pensarse, de la juventud. En realidad, tienden a aparecer no pocas veces en edades más avanzadas como expresión de la inseguridad personal y de la menor potencia sexual, ligados ocasionalmente al consumo abusivo de alcohol, sobre todo en personalidades psicológicamente vulnerables” (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2001).

Cuando un hombre con celos patológicos da muerte a su pareja, se trata frecuentemente de una persona en paro o con problemas de alcohol y con historias previas de peleas y maltrato físico, que acaba por entregarse a la policía o por suicidarse, lo que le diferencia de otros criminales que tratan de ocultar su implicación en el delito.

En la mayoría de los casos la víctima es la pareja o expareja y no el rival, aunque a veces las víctimas pueden ser ambos e incluso el propio sujeto (en forma de suicidio).

En la mente del homicida no tiene tanto sentido matar al rival porque ello deja la puerta abierta a posibles rivales futuros. Matarla a ella (feminicidio) en cambio, que en la mente del agresor es quien ha provocado el deseo del rival, tiene como objetivo evitar una humillación añadida (verla con otro hombre) a la ya sufrida por la pérdida del amor.

Los homicidas-suicidas pueden ser hombres integrados y adaptados socialmente. Por ello, rehúyen tener que enfrentarse a la censura pública y al reproche penal por haber dado muerte a su pareja. El suicidio se convierte así en una salida extrema ante una situación personal y socialmente insoportable

 

Celos obsesivos

 Las obsesiones son pensamientos, imágenes o impulsos mentales que irrumpen repetidamente en la actividad mental de la persona, de forma involuntaria, y que, al ser percibidos como amenazantes y carentes de sentido, provocan una ansiedad y malestar emocional muy grandes. Desde esta perspectiva, el contenido de las obsesiones está fuera del control de la persona que las experimenta, aunque, sin embargo, se es capaz de reconocer que estas obsesiones son exclusivamente producto de su mente.

En el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) algunos ejemplos de obsesiones frecuentes son las relacionadas con la contaminación (creer que se puede contraer una enfermedad al estrechar la mano a los demás o al tocar un billete) o las dudas repetitivas (preguntarse a uno mismo si se ha realizado un acto concreto, como cerrar la puerta o apagar la luz). La persona no puede evitar tener este tipo de pensamientos, que le ocupan mucho tiempo, le hacen sentirse mal emocionalmente e interfieren de forma negativa en su vida cotidiana.

En el caso de los celos obsesivos, el contenido de las obsesiones se relaciona con los celos. La persona es incapaz de rechazar los pensamientos relacionados con la infidelidad de su pareja, a pesar de que no cuente con ninguna prueba en este sentido y de que tenga incluso el convencimiento de que sus temores no son reales. Por mucho que se esfuerce y que trate de ahuyentarlos, los pensamientos de infidelidad vuelven una y otra vez a la mente generando un gran nivel de sufrimiento. “La infidelidad se constituye como una idea sobrevalorada y puede referirse a la situación actual (el temor incontrolable a la aparición de un supuesto rival que le va a arrebatar su pareja) o a la vida pasada (la presencia en la mente del celoso de antiguos novios de la pareja), en forma de celos retrospectivos” (Castilla del Pino, 1995)


 



 Violencia y trastornos mentales: Una relación compleja 

Echeburúa, Enrique. Pirámide.

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