La dependencia emocional
es un deseo irresistible de otro,
es concebir la vida al lado de alguien al que se idealiza
y se considera poderoso.
Los celos constituyen una emoción que surge como
consecuencia de un exagerado afán de poseer a la pareja de forma exclusiva, y
cuya base es la infidelidad —real o imaginaria— de la persona amada. Se trata
en realidad de un sentimiento profundo y duradero que se halla en las personas,
y que está fundado en el deseo de poseer solo para sí a la persona querida («me
perteneces», «eres solo para mí») y en el temor a perderla en beneficio de un
rival. Los celos se
estructuran en forma de una respuesta emocional compleja compuesta
por un agregado de diversas emociones primarias básicas. Los tres componentes
fundamentales de los celos son: a) el sentido de posesión; b) el temor a la
pérdida; y c) la sospecha/certeza de un rival (Castilla del Pino,
1995).
En realidad, y
aunque la presión social ha aminorado en el terreno de los cuernos, constituyen
una de las grandes pasiones del ser humano. Eso de que los celos son
característicos de los latinos es una falsedad publicitaria. Puede que sean más
explosivos en su aparición o más primarios en su expresión, pero no son
exclusivos de ellos. Esta pasión anida en lo más profundo de los seres humanos
y difícilmente se supera cuando el celoso ha desarrollado su morbo
(García-Andrade, 1995).
Negar la
existencia de los celos es absurdo. Las filosofías que creen que los celos son exclusivamente
un asunto meramente cultural cometen un error. Siempre es una
equivocación confundir la progresía con la ausencia de celos. En el movimiento
hippie, por ejemplo, mucha gente se vio forzada a una represión de estos
sentimientos que a la larga provocaron daños psicológicos a muchas personas.
Los celos forman parte de nuestro repertorio de reacciones, cuya función es
vincularnos y mantener las relaciones que consideramos valiosas. Lo
problemático no es sentirlos, sino qué hacer con ellos cuando no se sabe
gestionarlos bien.
Por tanto, el problema radica en la existencia de celos patológicos.
En estos casos los
celos están condicionados más por el instinto de propiedad que por el deseo
sexual y contribuyen a socavar la dignidad de la persona querida, sembrando
dudas continuamente y pudiendo llegar a generar actitudes violentas.
Los celos patológicos
son enormemente destructivos porque acaban con la convivencia,
convierten la vida cotidiana en un infierno y a veces, en los casos más
dramáticos, pueden desembocar en la muerte de la víctima. Hay hombres incluso
que montan en cólera cada vez que su pareja menciona el nombre de un novio que
tuvo ella diez años antes de su matrimonio. Por ello, los celos que están
anclados en el corazón pueden ser responsables de crímenes, suicidios y crueles
venganzas, que están motivados por esta tormentosa obsesión (Echeburúa y
Fernández-Montalvo, 2001).
Los celos generan una profunda reacción de malestar
emocional ante lo que se percibe como una amenaza (sea esta real o no real)
para la relación de pareja («me siento una basura porque estoy siendo
despreciado»). Los temores del
celoso se refieren a ámbitos diversos, pero siempre están relacionados con el control de lo que hace
o piensa la pareja: qué hace cuando no está con él, qué imagina cuando no
piensa en él, qué planea cuando habla con otras personas, qué habrá hecho con
otros hombres, con qué habrá disfrutado, cuáles son los indicios que denotan su
intención de abandonarle. Las relaciones de celos están viciadas
porque la persona celosa se centra en reducir infructuosamente la sospecha por
medio de la vigilancia en lugar de centrarse en el disfrute del amor o en la
resolución de los problemas existentes. Los celos producen un gran deterioro en
la relación de pareja —uno de cuyos pilares es la mutua confianza y la
comunicación sincera— y pueden acabar con ella, e incluso en algunos casos
desembocar en la violencia.
Las situaciones que ponen en marcha
las conductas de celos pueden ser muy diversas. Algunas pueden tener
que ver con la pareja (por ejemplo, que muestre interés o hable mucho de un compañero de
trabajo, que se vea obligada a hacer viajes profesionales o que se desconozca
el paradero de la pareja en un momento determinado) y otras con las
circunstancias personales del sujeto celoso (por ejemplo, que se sufra estrés por
circunstancias ajenas a la relación). Las conductas de celos pueden
hacer insoportable la relación, como cuando se interroga continuamente a la
pareja sobre sus actividades cuando no están juntos o sobre las relaciones
mantenidas en el pasado, se la telefonea constantemente para tenerla
localizada, se aparece bruscamente en los lugares frecuentados por ella
(trabajo o gimnasio), se examina su ropa (pañuelos, vestidos o ropa interior) o
sus armarios en busca de signos de contactos sexuales, o se espía la identidad
de los amigos agregados en Facebook o los mensajes del móvil o del correo
electrónico. Cuanto más
tarda en hablar con su pareja el celoso sobre sus temores, más crece la presión
y más violento se volverá en su interrogatorio.
Las dudas de las
personas celosas son muy difíciles de resolver porque los posibles rivales
pueden ser múltiples (hoy uno, mañana otro) e incluso pasados, como en el caso
de los celos retrospectivos (referidos a parejas anteriores, incluso de años
atrás, que perciben como amenazantes). Los celos en este caso, como una especie
de síndrome de Rebeca, se refieren a la comparación con la pareja anterior («tú
le querías más que a mí») o a la sospecha de que su recuerdo sigue presente en
ella («tú, en realidad, sigues aún enamorada de él»).
Es posible incluso la acusación de infidelidad mental. Es
decir, el celoso es consciente de que su pareja no le engaña con nadie, pero ¿cómo asegurarse, por ejemplo, de que
ella no piensa en el supuesto rival, no lo desea o no lo mira de una
determinada forma significativa? En estos casos el tormento de la persona
celosa deriva de la inaccesible intimidad de la pareja y, por tanto, de la
imposibilidad de comprobar la verdad o falsedad del presumible engaño (Castilla
del Pino, 1995).
Si bien los celos pueden surgir en cualquier
fase de la relación amorosa, hay ciertos momentos críticos en la relación de
pareja, tales como el comienzo de la convivencia, el nacimiento de un hijo, un
nuevo trabajo, la existencia de continuos viajes por motivos laborales o el
éxito profesional brusco.
Los celos corroen
a la persona celosa y destruyen emocionalmente a la persona de la que se siente
celos, y constituyen la sombra del amor, que acaba por transformar la vida de
la pareja en un auténtico infierno.
Los hombres
suelen ser más celosos que las mujeres, pero no son exclusivos de ellos. En el hombre los celos se
manifiestan en forma de ira o de agresión; en la mujer, en forma de
tristeza o depresión y, en muchas ocasiones, mezclados con autorreproches («¿qué
he hecho mal para que esto me ocurra?»).
Hay personas más
predispuestas a padecer este tipo de conductas. Los celos son una reacción
típica de sujetos inseguros que no confían ni en sí mismos ni en su relación,
así como de personas con rasgos paranoides. De este modo, los rasgos de personalidad más
habituales en los celosos son la autoestima baja, la desconfianza hacia los
demás, la suspicacia y la hipersensibilidad, que pueden llevar, junto con unos
rasgos obsesivos, dependientes o paranoides, a una preocupación enfermiza por
la fidelidad de la pareja. Se trata de personas solitarias que se relacionan con poca
gente con excepción de su pareja. Otras veces se trata de sujetos
acomplejados o necesitados de estimación y muy dependientes del otro miembro de
la pareja: les aterra perder al ser querido. “A veces puede tratarse de
personas que han sufrido un trauma grave y una humillación en su vida
sentimental, que luego pueden reaccionar de manera incontrolada ante una
provocación absolutamente mínima, especialmente si se ha idealizado demasiado a
la pareja” (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2001).
La relación de
los celos con la violencia se establece a diversos niveles. El celoso puede
intentar retener a la fuerza a la persona querida (porque es su razón de ser o
de existir) por medio del control y de la vigilancia y, en último término, si
esto no es posible, destruirla (por lo que entraña de humillación para el
sujeto celoso). “El motivo de sufrimiento del celoso es la posible pérdida de
la propiedad de la mujer que posee (se trata de mi mujer) y que le confiere un
valor en el grupo social de referencia” (Castilla del Pino, 1995).
¿Cuándo los celos normales se convierten en
patológicos?
En los celos
patológicos hay tres características nucleares: la ausencia de una causa real
desencadenante, la extraña naturaleza de las sospechas y la reacción irracional
del sujeto afectado, con una pérdida de control. El arrebato del celoso es producto de la fantasía.
En definitiva, lo que confiere un carácter patológico a los celos es la
irracionalidad e intensidad desproporcionada de los mismos, el sufrimiento
experimentado por el sujeto y el grado de interferencia grave en la vida
cotidiana del celoso y de la víctima. Sentirse abrasado, corroído o reconcomido
por los celos —el lenguaje es muy explícito a este respecto— es lo que
caracteriza a los celos patológicos.
Las personas
afectadas por un problema de celos se sienten muy atormentadas. A veces se
alternan estados de celos agudos e incontrolados con períodos de lucidez,
acompañados de fuertes remordimientos hacia la víctima y de períodos de
depresión, con riesgo incluso de suicidio.
Desde una
perspectiva psicopatológica, es decir, cuando se trata de un trastorno, esta
creencia irracional puede presentarse de tres maneras diferentes: a)
como un arrebato u obcecación, en forma de ataques de celos más o menos
continuos (celos pasionales); b) como un pensamiento invasivo que no se
puede eludir (celos obsesivos), y c) en forma de ideas delirantes
(delirio de celos). Los celos patológicos ligados a otros trastornos
psiquiátricos parecen ser, en general, más fáciles de tratar que los celos
imaginarios en estado puro. Los celos pasionales surgen de la inseguridad de perder a la persona
querida y de la envidia de que esta pueda ser disfrutada por otro.
La fidelidad se vive como una idea sobrevalorada, es decir, que absorbe el
campo de la conciencia, que la impregna afectivamente y que produce una merma
en el rendimiento del resto de las funciones del pensamiento.
La ansiedad
experimentada, en la medida en que los celos afectan profundamente a la autoestima
del sujeto y en que producen obcecación, puede cargarse de agresividad y de
violencia. Perder al ser querido y sentirse postergado por un rival, sobre todo
cuando el sujeto celoso se ha enterado por terceras personas y el rival es un
amigo o una persona a la que se percibe como superior (más rico, más destacado
profesionalmente o más joven), puede suponer una humillación profunda para la
persona afectada. De este modo, la firme creencia en la infidelidad de la pareja provoca un estado
emocional intenso de ira que, junto con otros factores asociados, puede
desencadenar episodios de violencia impulsiva. “De hecho, han
aumentado de forma inquietante las conductas violentas motivadas por los celos,
quizá sin el trasfondo del honor ofendido de otras épocas, pero tan
insoportablemente padecidos como en sus mejores tiempos” (Martínez Selva,
2013).
En este caso no
hay un trastorno psicopatológico preciso, sino un estado emocional más o menos
continuo —el arrebato o la obcecación—, que es una reacción vivencial anómala y
que puede afectar a la lucidez del sujeto. Los celos pasionales se diferencian
de los delirantes en que, en este último caso, hay una certeza absoluta por
parte del sujeto de ser engañado, lo que a veces surge de forma explosiva e
inmediata a la percepción delirante. Sin embargo, en los celos pasionales puede
haber períodos de lucidez en los que el celoso adquiere un sentido crítico
respecto al carácter irracional de sus celos o al carácter inapropiado de sus
conductas.
A diferencia de
los celos delirantes, en donde los sujetos actúan con una frialdad emocional,
los celos pasionales, con una fuerte impregnación afectiva, guían las conductas
del sujeto de forma impulsiva cuando, por ejemplo, el sujeto interpreta
torcidamente una mirada de su pareja o malinterpreta una reacción de simpatía
de ella hacia otra persona como un gesto de coquetería o incluso una
insinuación. “Estos arrebatos pasionales no son exclusivos, como podría
pensarse, de la juventud. En realidad, tienden a aparecer no pocas veces en edades
más avanzadas como expresión de la inseguridad personal y de la menor potencia
sexual, ligados ocasionalmente al consumo abusivo de alcohol, sobre todo en
personalidades psicológicamente vulnerables” (Echeburúa y Fernández-Montalvo,
2001).
Cuando un hombre con celos patológicos da muerte
a su pareja, se trata frecuentemente de una persona en paro o con problemas de
alcohol y con historias previas de peleas y maltrato físico, que acaba por
entregarse a la policía o por suicidarse, lo que le diferencia de otros
criminales que tratan de ocultar su implicación en el delito.
En la mayoría de
los casos la víctima es la pareja o expareja y no el rival, aunque a veces las
víctimas pueden ser ambos e incluso el propio sujeto (en forma de suicidio).
En la mente del
homicida no tiene tanto sentido matar al rival porque ello deja la puerta
abierta a posibles rivales futuros. Matarla a ella (feminicidio) en cambio, que
en la mente del agresor es quien ha provocado el deseo del rival, tiene como
objetivo evitar una humillación añadida (verla con otro hombre) a la ya sufrida
por la pérdida del amor.
Los
homicidas-suicidas pueden ser hombres integrados y adaptados socialmente. Por
ello, rehúyen tener que enfrentarse a la censura pública y al reproche penal
por haber dado muerte a su pareja. El suicidio se convierte así en una salida
extrema ante una situación personal y socialmente insoportable
Celos obsesivos
En el trastorno
obsesivo-compulsivo (TOC) algunos ejemplos de obsesiones frecuentes son las
relacionadas con la contaminación (creer que se puede contraer una enfermedad
al estrechar la mano a los demás o al tocar un billete) o las dudas repetitivas
(preguntarse a uno mismo si se ha realizado un acto concreto, como cerrar la
puerta o apagar la luz). La persona no puede evitar tener este tipo de
pensamientos, que le ocupan mucho tiempo, le hacen sentirse mal emocionalmente
e interfieren de forma negativa en su vida cotidiana.
En el caso de los
celos obsesivos, el contenido de las obsesiones se relaciona con los celos. La
persona es incapaz de rechazar los pensamientos relacionados con la infidelidad
de su pareja, a pesar de que no cuente con ninguna prueba en este sentido y de
que tenga incluso el convencimiento de que sus temores no son reales. Por mucho
que se esfuerce y que trate de ahuyentarlos, los pensamientos de infidelidad
vuelven una y otra vez a la mente generando un gran nivel de sufrimiento. “La
infidelidad se constituye como una idea sobrevalorada y puede referirse a la
situación actual (el temor incontrolable a la aparición de un supuesto rival
que le va a arrebatar su pareja) o a la vida pasada (la presencia en la mente
del celoso de antiguos novios de la pareja), en forma de celos retrospectivos”
(Castilla del Pino, 1995)

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