Aunque sigue
manteniendo su supremacía, el feminismo que se sitúa en reivindicaciones
identitarias y culturales: la violencia, el pago igualitario y los derechos
sexuales y reproductivos, se aleja de las críticas económicas y estructurales.
Este feminismo surgido en los años 60-70 y que identificamos como la segunda
ola feminista, ha sido criticado desde distintos ángulos, pues su
discurso fue fácilmente asimilado por el neoliberalismo y transformado en su
beneficio y en detrimento del objetivo feminista:
“El
movimiento feminista de la segunda ola apuntó, simultáneamente, dos futuros
posibles muy diferentes. En el primer escenario, se prefiguraba un mundo en el
que la emancipación de género iba de la mano de la democracia participativa y
la solidaridad social. En el segundo se prometía una nueva forma de
liberalismo, capaz de garantizar, tanto a las mujeres como a los hombres, los
beneficios de la autonomía individual, mayor capacidad de elección y promoción
personal a través de la meritocracia. La ambivalencia del feminismo se ha
resuelto a favor de la segunda opción, liberal-individualista, pero no porque
fueran víctimas pasivas del modelo neoliberal. La segunda ola del feminismo surgió como una crítica al
capitalismo de Estado, pero sólo ha servido al capitalismo neoliberal.
El capitalismo de
Estado gestor de la posguerra ha dado paso a una nueva forma de capitalismo: el
capitalismo globalizante, neoliberal, en el que las “libertades
individuales” dominan sobre los valores democráticos, un nuevo capitalismo que
ha separado lo social y cultural de lo económico, que individualiza los
problemas sociales para desarticular la sociedad, escondiendo la estructura
económica concebida para crear desigualdad.
Este capitalismo
renovado significa algunas de las críticas del feminismo, al capitalismo de
estado, para legitimar una nueva forma de capitalismo con el fin de ser
respaldado por las nuevas generaciones.
Una de las críticas
más radicales de las feministas al capitalismo de estado fue la de su ideal de
familia, en donde la mujer era ama de casa y el varón contribuía con su
salario, “salario familiar”, en el que centraron una crítica que integraba
economía, cultura y política en un análisis de la subordinación de las mujeres
en el capitalismo organizado de Estado.
La reivindicación
feminista de acceder al salario, “privilegio del hombre”, no buscaba
simplemente promover la plena incorporación de las mujeres a la sociedad
capitalista como asalariadas, sino transformar las estructuras profundas del
sistema. Esta reivindicación, la reformulo el neoliberalismo, legitimando:1) el
“capitalismo flexible”, es decir flexibilización laboral: debilitando
sindicatos y contratos colectivos, desplazando gran parte de la producción
industrial hacia países con salarios y regulaciones menos exigentes. 2) El
nuevo ideal de familia con dos salarios, ya que el neoliberalismo, necesita,
para seguir obteniendo su tasa de ganancia, salarios más bajos, se apoya
fuertemente sobre el trabajo asalariado de las mujeres, puesto que requiere un
nuevo perfil de trabajador/a: personas flexibles, capaces de adaptarse a
cambios rápidos, a los que se puede despedir fácilmente y que estén dispuestos
a trabajar en horas irregulares.
El neoliberalismo
aprovecho el sueño de la emancipación de la mujer mediante al acceso al trabajo
asalariado, para ayudar al funcionamiento del motor de la acumulación de
capital.
Es evidente que el
feminismo de los años 70 abrió muchos caminos a la lucha feminista
pero perdió su radicalidad y abandonó de manera progresiva la esfera
económica en beneficio de una esfera cultural; el giro del feminismo hacia las
política de la identidad encajaba con el avance del neoliberalismo, que no
buscaba otra cosa que suprimir de su agenda la igualdad social.
El feminismo
centrado exclusivamente en el reconocimiento y en la identidad, en un contexto
de creciente crisis capitalista, está dando paso, aunque lentamente, a un
feminismo en el que la lucha contra la desigualdad económica y social está
en el centro de la política feminista. El feminismo no puede cerrar los ojos
ante las políticas económicas neoliberales y tiene que estructurar su lucha por
la emancipación de la mujer contra enemigos principales, el capitalismo, la
violencia machista y la misoginia teniendo en cuenta la relación que
existe entre la lucha feminista y la lucha de clases.
El 8 de marzo 2020 visualiza calles y plazas
repletas en ciudades de todo el mundo, pero también una oportunidad para establecer
una coordinación entre organizaciones de mujeres de diferentes países, es algo
relativamente nuevo, “el comienzo de una base para internacionalizar el
feminismo, desde abajo”. El movimiento está experimentando un renacimiento y es
una alternativa a este “capitalismo
en crisis”,
pero también el movimiento experimenta, desde el temor, desde la injusticia,
desde la impunidad, la omisión, el desprecio y por supuesto desde la violencia
y los feminicidios crecientes movimientos feministas importantes en Latino
América, surgido en Chile y de importancia mundial en México.
Los dos últimos 8 de marzo (2018
y 2019) y particularmente este último (2020) en México, han reflejado el
crecimiento del feminismo, algo que no siempre se traduce en cambios en el
sistema. Este feminismo está intentando dibujar un nuevo camino, reconociendo
que los modelos políticos establecidos no las ayudarán, que han llevado a un
terrible deterioro las condiciones de vida. Se trata de superar el feminismo
corporativo de élite hacia uno que habla por la mayoría abrumadora de mujeres y
niñas víctimas de violencias y feminicidios, recogiendo las preocupaciones de las
pobres, la clase trabajadora, las mujeres racializadas, queer, trans, lesbianas, trabajadoras
sexuales, amas de casa, mujeres con trabajos y salarios precarios... Estamos hablando de grupos sociales mucho más amplios, con muchas
más inquietudes que exceden a aquellas del feminismo liberal, por lo que
se podría llamar a esto una forma de feminismo de las clases trabajadoras, de
mujeres y niñas en situación de violencia y extrema violencia.
La resistencia feminista a los procesos de
mercantilización de los cuerpos y la vida de las mujeres es uno de los hilos
conductores entre las luchas populares que llevaron a la derrota del Área de
Libre Comercio de las Américas (ALCA) y el enfrentamiento a la actual
contra-ofensiva neoliberal y conservadora. Desde la auto-organización, la
movilización en las calles, el enfrentamiento a transnacionales poderosas en
los territorios y las prácticas políticas y económicas impulsadas por las
mujeres, el feminismo se vuelve cada vez más una exigencia en los procesos de
lucha anti-capitalistas, contrarrestar la injusticia, desde la impunidad, la
omisión, el desprecio y por supuesto desde la violencia de género y los
feminicidios crecientes.
A su vez, en el ámbito del feminismo implicó no
aceptar que la agenda de género fuera instrumentalizada para legitimar los
acuerdos de libre comercio. Las mujeres no aceptaron la incorporación de
cláusulas de género en los tratados de libre comercio (TLC) propuestos porque
el neoliberalismo y sus instrumentos estaban reorganizando nuestras vidas.
Decir no al
neoliberalismo significó denunciar que no basta con el reconocimiento de que
ese modelo impacta de manera diferenciada en las mujeres: él mismo solo es
posible porque se articula en sus prácticas de dominación y explotación con el
patriarcado y el racismo.
Una nueva generación política del feminismo se
formó en la lucha contra el neoliberalismo, rechazando vivir bajo las reglas
del mercado. Los talleres y las intervenciones urbanas cuestionaban la invasión
y control de los cuerpos y los comportamientos por las industrias
farmacéuticas, de cosméticos y la publicidad; así como la heteronormatividad,
la violencia y la prostitución, como instrumentos del patriarcado para mantener
el control individual y colectivo de los hombres sobre las mujeres.
Con las estructuras del Estado al servicio de
las élites corporativas, la criminalización de la pobreza y de quienes luchan
contra ella se amplía en el continente, en especial en los países gobernados
por la derecha. El genocidio de la juventud negra en Brasil, la violencia
contra las poblaciones indígenas, el encarcelamiento masivo y la violencia
feminicida en México evidencian el racismo, la injusticia y la impunidad de ese
sistema, al mismo tiempo, la lucha contra la violencia de género y los
feminicidios convocan a cada vez más mujeres. No es una cuestión individual,
como la violencia sexista nunca lo ha sido. Un reto es lograr avanzar en la
comprensión de las causas de la violencia sistémica y enfrentar esta como un
todo contra la vida y los cuerpos, no separar las luchas contra la violencia
patriarcal y racista de las luchas anticapitalistas.

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