México
ha vivido un proceso de profundas transformaciones de distinto signo. Una de
estas grandes mutaciones, sin duda, consistió en el respeto al derecho
ciudadano a elegir en una elección democrática como una opción de gobierno
distinto al que permaneció como partido hegemónico durante más de 80 años (PRI)
y los 12 años de una derecha sumamente conservadora (PAN), en muchas ocasiones como aliado el PRD, según fuera el caso, si despertaban como izquierda democrática, radical o moderada. En este escenario,
no sólo se configuró una serie de condiciones que obligan a repensar los
espacios e instituciones básicas para la organización política–administrativa
del Estado, sino que también se generan un conjunto de condiciones sociales que
impulsan la construcción de nuevas formas asociativas y de solidaridad social
autónomas que exigen la apertura de los espacios públicos y, por tanto, acentuar
la relevancia de la participación ciudadana en la consolidación de las
democracias representativas, en tanto que el afianzamiento de esta forma de
gobierno ya no dependerá sólo de que la ciudadanía ejerza libremente sus
derechos políticos, sino de que también éstos se involucren (participen)
activamente en los diferentes ámbitos y etapas del quehacer público.
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| Mtro. Moisés Sánchez Ramírez SEPI-ESCA- SANTO TÓMAS |
Desde mi perspectiva, la
exégesis de la participación ciudadana se encuentra actualmente bifurcada. Por
un lado, están las interpretaciones que resaltan la autonomía y lo alternativo,
respecto de la esfera estatal, de dichos procesos participativos (es decir, la
diferenciación entre Estado y sociedad) como los rasgos esenciales de su
originalidad, así como los significados democratizadores y ciudadanos que, se
supone, son propiedades inmanentes de dichos procesos. Por otra parte, el
contacto y la proximidad (esto es, la comunicación e incluso la interacción
entre lo estatal y lo social) recreados a través de dichos proyectos de
participación ciudadana, son traducidos, regularmente, como propiedades
secundarias o artificiales, en tanto que sólo denotan el despliegue de acciones
estratégicas para la conformación de una mayor legitimidad democrática y el
respectivo control de la participación ciudadana por parte de órganos de
representación política.
Entonces, el espacio público representa la sociabilidad, pero
también el conflicto, y contiene oportunidades de entendimiento y disenso; por
ello, se presenta una relación inseparable entre espacio público y ciudadanía.
A partir de la misma, se puede abordar la forma en que se concibe a los
ciudadanos, cómo participan y cómo se relacionan. Por su parte, los espacios
públicos son vitales para crear, modificar y desarrollar instituciones que
puedan representar los intereses de las personas. No obstante, existen
distintas concepciones en torno al ejercicio e identidad del ciudadano, desde
el liberalismo, republicanismo y comunitarismo, así se identifica la naturaleza
de la relación que se establece con el espacio público.
El actual contexto sociopolítico en México, la nueva
ciudadanía y los problemas de la política, dan cuenta en muchos aspectos de una
crisis que palpita durante los últimos años. Esta, tiene múltiples aristas que
dan cuenta de una crisis política integral que abarca diversos ámbitos.
En un primer
momento, la crisis política se manifiesta como crisis de confianza,
principalmente hacia los políticos y las instituciones: “Lo que existe es una
crisis de legitimidad asociada a una crisis de confianza. La ciudadanía no está
confiando ni en las instituciones ni en los actores políticos”. Además, es una
crisis de confianza que se hace extensible a otros planos, pues se centra en el
rol de las elites, y por tanto, el argumento se traslada hacia las cúpulas que
detentan el poder: “Esta crisis es muy dolorosa porque es una crisis de las elites,
no todas las elites pero, para ser franco las tres elites que figuran entre las
más esenciales para el desarrollo armónico de un país”.
Otra arista
refiere directamente a la relación política-ciudadanía. Esta perspectiva
responde a una crisis de representatividad, y por tanto a una separación entre
intereses políticos y sociales. Podría exponerse, por un lado, que dicha crisis
estaría motivada por una incapacidad de la política de representar intereses
sociales: “[…] la política […] no tiene la capacidad -política- de dar
respuestas a estas presiones, demandas y exigencias […] De este modo, ‘los
representantes’ no pueden satisfacer la demanda de ‘los representados”. No
obstante, también es una crisis de representatividad provocada por una
ciudadanía que no percibe los canales institucionales como espacios validos de
representación: “Tener que incidir a través de los partidos políticos
tradicionales quedó atrás. Ahora la ciudadanía se expresa y quiere incidir sin
estar en los partidos políticos”.
Esta deficiencia
de representación de carácter bidireccional podría condensarse en la ruptura
entre política y sociedad sufrida durante la transición y que hoy se vuelve
conflictiva: “La crisis política que tenemos hoy día en México de
representatividad […] tienen sus raíces en la separación que se establece entre
política institucional y sociedad en el gobierno de la transición”.
Las visiones de
la crisis política no hacen sino sentar las bases de la existencia de una
crisis de legitimidad del sistema político y, por tanto, visibilizan la
situación actual a partir de un problema de validez de la estructura política
que supera lo meramente coyuntural: “No toda crisis política se convierte
necesariamente per se en crisis institucional. Pero, al parecer, la nuestra sí
lo es […] Lo que está en cuestión cada vez más es la legitimidad del orden
constitucional y sus instituciones”.

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