No te rindas, por favor no cedas, Aunque el
frío queme, Aunque el miedo muerda, Aunque el sol se esconda, Y se calle el
viento, Aún hay fuego en tu alma, Aún hay vida en tus sueños.
Mario Benedetti: para que no te rindas en tu lucha contra la
violencia de género

Las complejidades epistemológicas y empíricas para estudiar la
violencia hacia las mujeres y el desarrollo, especialmente el desarrollo humano
con una visión de género, difícilmente pueden superarse si se abordan con las
mismas ideas que han mostrado ser insuficientes para alcanzar la equidad. Es
necesario, por lo mismo, recurrir a corrientes de pensamiento alternativas que
enfrenten el reto de conciliar las dificultades empíricas y las complejidades
lógicas, decimos que algo es complejo cuando nos enfrentamos a la dificultad de
explicarlo, generalmente porque recurrimos a teorías, leyes y/o fórmulas
simples y parsimoniosas. El mundo globalizado de hoy se caracteriza por la
aleatoriedad y la complejidad del comportamiento humano, lo que da lugar al principio
de la incertidumbre, lo inesperado nos sorprende, porque nos hemos acostumbrado
a nuestras teorías que no están construidas para incorporar lo novedoso, que
inclusive puede destruirlas, como podría ser el enfoque de género.
La violencia hacia las mujeres, particularmente la que se da en el
seno del hogar, es un obstáculo para el avance del desarrollo de un país porque
limita el ejercicio de los derechos de la mitad de la población, atenta contra
su libertad y bienestar, al mismo tiempo que implica costos económicos para la
familia, la comunidad y el Estado. A partir del tomar en cuenta los costos,
tangibles e intangibles, es que se reconoce la relación entre el desarrollo y
la violencia hacia las mujeres. Para alcanzar el desarrollo de las mujeres, la
Plataforma de Acción de Beijing (1985) establece que la educación es un
instrumento indispensable ya que promueve que se conviertan en agentes de
cambio hacia la equidad. Un estudio comparativo sobre la violencia doméstica en
nueve países en desarrollo mostró que las mujeres educadas tienden a rechazar
más la práctica de la violencia doméstica. Sin embargo, las discrepancias
encontradas en el tipo de información disponible en cada país sobre el maltrato
a las mujeres no permitieron correlacionar el nivel de educación con la
violencia hacia ellas La violencia es un acto u omisión que busca ocasionar
daño a otra persona u obligarla a hacer algo en contra de su voluntad. La
violencia hacia las mujeres es un fenómeno complejo que puede ser abordado
desde lo individual a través de las receptoras/generadoras de agresión.
Las mujeres en todo el mundo son asesinadas, violadas,
esclavizadas sexualmente, humilladas, marginadas, segregadas, en los espacios
públicos y en los espacios privados. La violencia de género es estructural, es
consecuencia de un sistema económico que se impone a través del discurso
político, de los productos culturales y de los medios de comunicación social,
los oficialistas, un discurso que legitima las diferentes formas de violencia
contra las mujeres y fomenta la tolerancia social hacia actos que cuestionan la
base de la democracia. No podemos olvidar que el sufragio se llamó ya
“universal” cuando sólo era masculino, que se hablaba de “democracias” cuando
la mitad de la población carecía de derechos de ciudadanía y que el ser
“ciudadano” implicaba tener derechos y ellas no podían ser ciudadanas.
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Fundación Anayansi A.C.
Psic. Alejandra Martínez Pérez
Mtro. Moisés Sánchez Ramírez |
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La igualdad entre mujeres y hombres es una cuestión política y la
primera gran violencia es la desigualdad. La socialización de mujeres y hombres
perpetúa el sistema, a través de la familia, de la escuela, de los diferentes
niveles de la enseñanza reglada (el conocimiento es androcéntrico), de los
productos culturales, los medios de comunicación social, las relaciones
laborales y, por supuesto, por el lugar que se asigna a las mujeres en el
sistema económico que otorga el poder a los varones. Además, ellas deben
reproducir y perpetuar el sistema, por lo cual serán bien socializadas para que
no tomen conciencia, para que asuman “su lugar en el mundo”. El sistema patriarcal ha utilizado -y utiliza- la violencia
para controlar a las mujeres. Y no sólo la violencia física, sino también
la psicológica, a través de la desvalorización y el sometimiento. Y
lo ha hecho -y lo sigue haciendo- a través de la educación.
Los hombres no se considerarían con derecho a maltratar a sus
compañeras si la sociedad no les hubiera convencido de que éstas son
una cosa de su propiedad, seres claramente inferiores. Y las mujeres no se
dejarían maltratar si no hubieran sido socializadas para ser seres
dependientes: esposas (medias naranjas), madres (sólo madres) y amas de
casa (al servicio de los suyos). Doblemente
dependientes: emocional y económicamente.
El sexismo está presente en todos los aspectos de la vida, desde
la guardería a la universidad, desde los cuentos a los libros de
texto, en la música, en las películas, los programas de televisión,
la religión… y en la propia familia, que enseña a los niños y a las niñas
a perpetuar los roles machistas.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos proclama que todos
los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos.
Pero, aun así, las mujeres siguen constituyendo la mayoría de las/os
pobres del mundo y la mayoría de las/os analfabetas/os. Y siguen
cobrando entre un 25% y un 35% menos que los hombres por el mismo trabajo,
siguen sufriendo la violencia, el maltrato y el acoso sexual desde la
niñez…. Sencillamente porque son mujeres.
La violencia contra las mujeres se ampara en la defensa de
las tradiciones culturales y religiosas, que sirven a las élites
políticas, económicas y religiosas para perpetuar su poder.
La violencia física y el maltrato psíquico se han considerado
un derecho de los hombres sobre las mujeres, protegido aún en
algunos casos por la legislación o la ausencia de esta. En resumen,
la educación
sexista es el origen de la violencia en la pareja. Las
mujeres son educadas para estar centradas en los demás mientras que a
los hombres se les educa para estar centrados en sí mismos. Y eso
sí que marca una auténtica desigualdad negativa para toda la vida.
Para resolver este terrible daño que miles de mujeres sufren en el
mundo debemos brindar a las personas jóvenes herramientas y experiencia para
entender las causas profundas de la violencia en sus comunidades, educar e
implicar a sus iguales y a las comunidades para prevenir esta clase de
violencia, y saber adónde acudir en busca de ayuda en caso de sufrir violencia.
El diseño de un programa como lo establece ONU Mujeres, que
incluya un Manual para educadores de pares que les ayudará a impartir
actividades de educación no formal y sesiones educativas adecuadas a la edad.
Los grupos más jóvenes pueden empezar con la narración de historias y juegos
que les inciten a pensar sobre los prejuicios y estereotipos de género,
mientras que los grupos de mayor edad pueden organizar concursos de carteles,
realizar visitas a refugios locales y ofrecerse como voluntarias o voluntarios,
o crear campañas y proyectos comunitarios locales para abordar formas
específicas de violencia contra las mujeres y niñas.
Realizar actividades de prevención, tales como la investigación
para obtener datos sobre las actitudes, percepciones y conducta de los hombres,
niños y jóvenes con relación a las diferentes formas de violencia; incidencia,
concienciación, movilización comunitaria y programas educativos, así como
reformas jurídicas y de políticas.
Las Naciones Unidas reconocen que “el maltrato a
la mujer es el crimen más numeroso del mundo” y en su Declaración de 1993
definen el maltrato de género como:
Todo acto de
violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda
tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o
psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la
coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se produce en
la vida pública como en la vida privada.
La violencia se aprende, tanto a
ejercerla como a sufrirla. El niño/a sometido a la violencia en su
infancia tenderá a repetir el patrón en su vida adulta. De aquí la
importancia de que los niños que son testigos de estos malos tratos reciban
terapia para romper este terrible círculo.
Las normas sociales nos enseñan a valorar a las mujeres
sólo por su aspecto físico, olvidándonos de que cada persona es única e
irrepetible, y así nos acostumbramos a ser dependientes y:
- No
defendemos nuestros derechos
- No
defendemos nuestras necesidades
- No
estamos dispuestas a afrontar los problemas que trae la vida y nos
encerramos en la casa, limitándonos a cuidar de los otros,
perdiendo nuestra propia identidad en el camino
- No nos
permitimos aprender, equivocarnos y volver a intentarlo
Tanto nos marcan desde la infancia con las delicias del
amor romántico, que cedemos y cedemos por el bien de nuestra
relación. Por mantener a nuestra pareja y por mantener la unidad
familiar, cedemos tanto que, sin darnos cuenta, llegamos a perder
nuestra propia esencia, hasta convertirnos en una sombra de nosotras
mismas.
Asumimos como nuestros los roles patriarcales
y llegamos a convencernos de que el matrimonio convencional es la
única opción para una vida feliz.
- ¿Te insulta? ¿Te amenaza? ¿Te
hace sentir estúpida?
- ¿Hace
comentarios humillantes delante de tus hijos/as o de cualquier otra
persona?
- ¿Te
impide ver a tu familia, tener relaciones?
- ¿Te
obliga a mantener relaciones sexuales, aunque a ti no te apetezca?
- ¿Decide
sobre lo que puedes o no puedes hacer?
- ¿Ejerce
un control total sobre el dinero, incluso sobre el tuyo propio?
- ¿Valora
tu trabajo de forma despectiva?
- ¿Cuándo
se enfada, te empuja o golpea de alguna manera? ¿Rompe cosas?
- Te
dice cosas como “¿Tú a dónde vas a ir?”
- ¿Te
ignora, no te habla o no te escucha cuando hablas?
- ¿Te
dice que eres una inútil y nada de lo que haces está bien?
- ¿Llega
a darte miedo en algunos momentos?
- ¿Se
muestra especialmente celoso sin razón, acusándote de coquetear con
unos y con otros?
- ¿No
respeta ni tiene en cuenta tus necesidades sin mí, si no eres capaz
de hacer nada sola?”
La obra perfecta de la agresividad es conseguir que la
víctima admire al verdugo.
Además de serios daños físicos, la
violencia familiar causa en las víctimas trastornos emocionales que
serán más profundos y duraderos cuanto más tiempo dure la relación:
- Baja autoestima.
- Interiorización del machismo,
dependencia del varón y en general de todas las figuras de autoridad.
- Tienen depresión profunda:
falta total de esperanza, se sienten sin fuerzas,
respuestas emocionales muy limitadas, altos niveles
de autocrítica y baja autoestima.
- Tienen miedo, estrés,
conmoción psíquica aguda, ansiedad y desorientación.
- Incomunicación y aislamiento
provocado por el continuo desamparo social.
- Tienen sentimientos de
subordinación, dependencia y sometimiento.
- Sentido de culpabilidad. Ellas
mismas se sienten culpables de la situación.
- Están desmotivadas y tienen
una profunda ausencia de esperanza.
- Incertidumbre, dudas e
indecisiones por bloqueo emocional.
- Falta total de esperanza.
- Impotencia/indecisión: Carecen
de poder interior para superar los problemas.
- Se crea el “síndrome de la
mujer maltratada”, que es parecido al síndrome de
Estocolmo, donde uno se identifica con la figura de poder y de
valor, en este caso el marido.
- Vivencia y transmisión de
roles sexistas.
- Tienen poco o nulo margen en
la toma de decisiones con lo que respecta a la vida de pareja y
a la suya propia.
- Padecen a veces trastornos
alimentarios severos como anorexia o bulimia.
- Trastornos del sueño.
- Irritabilidad y reacciones de
indignación fuera de contexto.
- Frecuentes trastornos de
alcoholismo y de ludopatía.
- Baja interiorización de
valores sociales y democráticos.
Factores que mantienen enganchadas a las mujeres maltratadas
- El
amor romántico como adicción y dependencia.
- La
creencia mágica de que él cambiará.
- El
miedo, tanto a cómo le hace sentirse como a lo que pueda hacer el
maltratador si ella no se sigue mostrando sumisa.
- La
convivencia: “Él es el bueno y yo soy la mala. Si me trata así es
para mejorarme”.
- El
Síndrome de Estocolmo (Se da principalmente en secuestros de larga
duración, en los que la víctima llega a identificarse con el
maltratador para intentar ganarse su simpatía y salvar así su vida).
- La
dependencia económica y el aislamiento social.
La violencia es una elección
y es siempre la elección de la persona que la realiza. El
maltratador no es un enfermo, por lo que es siempre responsable de su
conducta. Ejerce la violencia porque quiere hacerlo y porque piensa
que sus actos quedarán impunes. Les gusta la sensación de sentirse poderosos,
el centro del mundo, al menos de su mundo privado. Las
características consideradas masculinas, como la fortaleza, la
autosuficiencia, la racionalidad y el control del entorno, son
percibidas como superiores, en oposición a las femeninas e inferiores.
A los maltratadores podemos encontrarlos en cualquier trabajo, clase
social, nivel cultural o económico.
La agresión a la mujer
pretende el control y su sumisión, con ella quieren llegar a
convertir a la mujer en una cosa de su propiedad para así poder hacer
y deshacer sin consideración alguna hacia ella, hasta llegar a anularla
completamente. Para lograr el dominio absoluto, el
maltratador utiliza estas estrategias:
- Estrategias
de control psicológico: chantaje emocional, amenazas, alteración de
la realidad, negación, pasar de ser “encantador” a los insultos,
gritos, críticas sin ninguna razón. Culpar y utilizar a hija/o,
manipular a los familiares y amigos/as.
- Estrategias
de control económico
- Estrategias
de control sexual
- Estrategias
de control social y físico
Esta ansia irracional de dominio, de control y de poder sobre la
otra persona es la fuerza principal que alimenta la violencia doméstica entre
las parejas.
Los
medios de comunicación con frecuencia banalizan la violencia de género. La
presentan como algo curioso o como expresión del machismo mexicano, sin
atreverse a condenarlo y sin decir con todas sus letras que un hombre que le
pega a una mujer es un cobarde y merece el mayor desprecio social. Si no se
hace visible y se condena enérgicamente, la violencia de género no cesará, ni
tampoco la condición de extrema subordinación de la mujer hacia el hombre.
México ya
ha sido condenado incluso por Cortes Internacionales debido a su negligencia en
la prevención, investigación, sanción y reparación de la violencia de género.
El caso del llamado “Campo Algodonero”, referido al feminicidio en Ciudad
Juárez, ha dado la vuelta al mundo y fue objeto de una dura sentencia por parte
de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Lo extraño es que poco parece
haberse hecho desde que fue dictada.
Lo peor
de todo es que hay un clima social que permite, o cuando menos tolera, la
violencia contra las mujeres. Abundan los chistes misóginos y todavía hasta
hace poco las mujeres tenían prohibido ir a ciertos lugares solas; a las
mujeres casadas durante décadas se les prohibía promover un juicio, sin la
autorización de su marido. En el terreno de la sexualidad existe una represión
nada encubierta (aunque rodeada de una doble moral, como suele suceder con
estos temas en México) en contra de las mujeres, que son manipuladas y
sometidas por los hombres. La trata de personas es la expresión más extrema del
abuso y exterminio de las libertades de las mujeres.
Entre las
jóvenes generaciones, pese a que tienen más acceso a información y a que
cuentan con oportunidades educativas inéditas en el pasado, las cosas no
mejoran: las cifras de violencia en el noviazgo entre adolescentes son
apabullantes.
Se trata
de un fenómeno que cada año deja miles de mujeres muertas o agredidas y
respecto al cual lo menos que se puede hacer es quedarnos callados. Hay que
hacer visible esa otra violencia, que afecta a buena parte de esa mitad de
México que son las mujeres. Por ellas y por todos nosotros, hablemos de la
violencia de género. ¡No callemos más!.
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