En agosto de 1996 tuve mi primer encuentro como estudiante de economía, justamente en la Escuela Superior de Economía del Instituto Politécnico Nacional, particularmente tres noticias sacudían al país, el fraude electoral (1988, aún era parte del debate nacional), el Neoliberalismo, corriente económica y política capitalista instaurado en el periodo de Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988) entre asesinatos de personajes políticos, sobre todo priistas, sin duda el asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta el 23 de marzo de 1994 en Tijuana y la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Carlos Salinas de Gortari 1988-1994).
Eran las charlas, la reflexión, los debates interminables y la platica común en los pasillos de la ESE, entre doctoras y doctores, maestras y maestros, compañeras y compañeros, las constantes asambleas en el Auditorio Lennin, las reuniones a puerta cerrada en el Comité de Lucha de la Escuela Superior de Economía (CLESE), del cual era integrante en mi estadía como estudiante politécnico y de economía.
El 12 de agosto de 1992, México, Estados Unidos y Canadá anunciaron al mundo, desde Washington, el acuerdo sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y con ello, el establecimiento del mayor bloque económico del orbe. Culminaban así 389 reuniones de trabajo. Durante el régimen de Carlos Salinas de Gortari se registró una apertura creciente a los mercados Internacionales, sobre todo hacia Estados Unidos, este sentó las bases para la creación de la mayor zona comercial del mundo, con 360 millones de compradores potenciales y un producto anual de siete billones de dólares.
El primero de enero de 1994, día en que entró en vigor el TLC, Estados Unidos desgravó 7 mil 300 productos contra 5 mil 900 de México; además, se informó que en un lapso de 15 años se eliminarían de manera gradual los aranceles de productos para el intercambio comercial.
Al fustigar el modelo proteccionista-dirigista existente en México por décadas, Salinas de Gortari actuó en consecuencia profundizando el proceso privatizador (durante los dos primeros años de su mandato se privatizaron Telmex, Compañía Minera Cananea, Aeroméxico, Mexicana de Aviación, Fomento Azucarero, Planta Tultitlán de Conasupo, Grupo DINA, Ingenios Azucareros y Mexinox), saneando las finanzas públicas y, como parte del proceso de apertura comercial, anunciando, desde el primer año de su gobierno, “su intención de negociar acuerdos bilaterales de libre comercio que proporcionaran a México una adecuada reciprocidad a la apertura unilateral que México había venido haciendo de su comercio exterior”. De esa manera, “el primer tratado que se firmó fue con Chile en septiembre de 1991 y posteriormente se negoció otro con Colombia y Venezuela que entró en vigor en 1994. Las negociaciones del tratado con Estados Unidos y Canadá, por razón de su misma importancia, fueron mucho más largas y complicadas”.
Si bien este acuerdo era una idea muy interesante, eso no obstó para que a su alrededor se levantaran una serie de opiniones a favor y en contra. Para algunos la libre competencia ofrecía la posibilidad del desarrollo nacional mediante el intercambio vigoroso y múltiple de mercancías en nuevos mercados, ya comenzaba a impactar el pensamiento neoliberal, pero, para otros, México se convertiría simplemente en suministrador de materia prima y mano de obra barata y, a la larga, en consumidor de productos extranjeros en perjuicio de las empresas mexicanas, que se verían desplazadas, contexto en el que hoy estamos situados.
A 24 años de distancia, los resultados del TLC son los siguientes: México registra un incremento en el flujo de productos extranjeros y provoca el desplazamiento de la producción nacional, el cierre de empresas, la falta de empleos y la conversión de un país productor a maquilador.
Como si fuera una piedra en el inmenso zapato de Donald Trump, este viejo desacuerdo que quedó sepultado tras la firma del TLCAN el 17 de diciembre de 1992, regresa amenazante, luego de que Estados Unidos haya anunciado el pasado 17 de julio que dentro de sus objetivos de renegociación está la eliminación del Capítulo 19 y que de no cumplirse sus expectativas, abandonarían el acuerdo.
El TLCAN no causó ni un sonido de succión gigante ni un boom económico masivo. El casi consenso de los muchos estudios que se han llevado a cabo desde su entrada en vigencia es que sus efectos netos en Estados Unidos fueron bastante modestos: una pequeña ganancia de empleos, una ligera mejora en los salarios medios, un menor estímulo a la cooperación ambiental y, al menos antes de Trump, una mejora general en nuestra relación con México.
La desigualdad económica es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. El estancamiento de la clase media y la brecha cada vez mayor entre los extremadamente ricos y todos los demás amenazan nuestro tejido social constantemente, manifestándose en altas tasas de depresión, contribuyendo a la epidemia de opioides. Si no se controla, la desigualdad económica será un desafío existencial para nuestra democracia, pero es demasiado simple atribuir estos peligros al TLCAN, enorme reto a partir del día primero de diciembre de 2018.

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