jueves, 23 de agosto de 2018

La democracia fabricada en México.


Mtro. Moisés Sánchez Ramírez

Hablando de las tres transformaciones y la cuarta que viene, "Con base en lo logrado buscaremos emprender una transformación pacífica y ordenada, sí, pero no por ello menos profunda que la Independencia, la Reforma y la Revolución; no hemos hecho todo este esfuerzo para meros cambios cosméticos, por encimita, y mucho menos para quedarnos con más de lo mismo “AMLO”. En este contexto, la democracia en México carece de la más mínima autenticidad, incluso si se le juzga desde el punto de vista de sus propios postulados doctrinales. Se trata, de una falsedad totalmente prefabricada y controlada por los grupos de poder económico y político y por el poder del Estado, en este sentido, el único propósito es dar ciertos visos de legalidad, de “legitimidad popular”, a su dictadura de clase, a los que dirigen los partidos políticos y que finalmente no se ha entendido la diferencia entre tomar el poder político en México y ejercer la administración del gobierno.
Es evidente, por la propia experiencia de los procesos electorales desde la creación de Instituto Federal Electoral, hoy INE, que, hasta el primero de julio de 2018, no era posible tomar el poder por la simple vía del voto ciudadano, la legitima decisión del pueblo, sino por la ilegal coacción, la compra del voto ciudadano, la corrupción y sobre todo la fabricación de los fraudes electorales, como lo ha hecho cada partido político en México desde hace décadas. Esto ocurre porque con el triunfo electoral no se toma el poder real, sino, simplemente, las riendas del gobierno.


Cuando un candidato de oposición llega al triunfo, no se desmoronan, por ese sólo hecho, quienes han apoyado al anterior poder político, económico y social, permanecen, dan continuidad quienes han apoyado al antiguo régimen, ni cambian tampoco su ideología, su manera de pensar y de sentir, esto ocurre aquí y en el mundo, entonces todo aquello que constituye el verdadero poder –el ejército, la policía, los jueces y magistrados, la burocracia y, principalmente, la palanca del poder económico sigue estando en las manos y al servicio de la clase explotadora, de la clase beneficiaria del viejo sistema, del podrido régimen. Entre las causas del rechazo a la “clase política”, existe la ausencia de plataformas políticas reales. Todas las propuestas son tan parecidas que un político puede pasar de un partido de derecha a uno de centro o de supuesta izquierda sin ningún problema ideológico. Y en general todos los partidos tienden a adelgazar el Estado.

“El Estado mismo se ha ido deslegitimando, ha entrado en crisis y ha dejado de cumplir sus funciones fundamentales. Todo lo que tiene que ver con sistemas de seguridad social, educación pública, salud, seguridad, está totalmente colapsado, y eso arrastra a la clase política”

La ultraderecha en México sea PRI, PAN y una parte importante del PRD, provienen de una ideología ultraconservadora en el plano cultural; además es muy represiva y muy racista. Mientras, partidos que se pretenden de izquierda como el Partido de la Revolución Democrática (PRD) es un poco más liberal en materia cultural y aborda un poco más la problemática social. Pero hasta ahí, mínima excepción.
Recientemente vimos que el problema real del sistema de partidos actual es que ninguna de estas agrupaciones políticas por sí sola, pero tampoco en su conjunto, logran representar el descontento social. Tampoco logran que la sociedad mexicana, con toda su pluralidad y complejidad, se sienta representada por ellos.
Aun teniendo todos los sectores y movimientos sociales tales como: feministas, indígenas, campesinos, obreros, estudiantiles, de múltiples minorías­… con esto, ningún partido está siendo capaz de reflejar esta pluralidad de intereses, esta pluralidad de demandas, veamos por qué:
Entre la fascistización del PAN y sus pilares que lo sostienen en el poder, y que son los mismos en los que tradicionalmente se han apoyado los regímenes de corte fascista: el ejército, el clero, los medios de comunicación y el gran empresariado. Al votar por el PAN se vota por el partido que heredó la tradición de los cristeros, el que representó la continuidad de los conservadores, se vota por la parte más conservadora de la jerarquía católica, por el partido que siempre estuvo contra la educación sexual, contra el aborto y por el partido que en su momento tuvo simpatías por los nazis y Pinochet.
El PRI, como un caso ejemplar del retorno al pasado, de ese pasado estancado, como partido más viejo del sistema político mexicano, que nació en 1929 con el nombre de Partido Nacional Revolucionario y por más de 80 años detentó el poder, y que, por supuesto es el que más identifica la ciudadanía con la corrupción, el compadrazgo, la represión y la impunidad.
El PRD, el fracaso de la “izquierda” electoral, se rompe el paradigma de una izquierda que en su ingenuidad supuso que podría tomar el poder por la vía pacífica para instrumentar cambios estructurales en beneficio de los desposeídos, y que llegó al proceso electoral desgastado, dividido, y fraccionado por las expresiones al interior del partido, corrompido, convertido en una franquicia electoral, luego de haber traicionado los principios enarbolados en 1988. Pero algo si me queda claro, que a pesar de la debacle del PRD la izquierda no aprenderá la lección: se recompondrá en un nuevo frente de organizaciones o en un nuevo organismo, pero seguirá pugnando sólo por tomar las riendas del gobierno, no así el poder político, como ha sido la trayectoria de la izquierda en México.
Para el caso de MORENA como partido político y que después del primero de julio logra el triunfo al frente de su candidato Andrés Manuel López Obrador, presidente electo de México, se va posicionando como conciliador, como el benefactor de un sector de la población abrumado por la indiferencia del Estado, la indiferencia de la clase política y partidos, por la violencia y la corrupción de los tres niveles de gobierno, por el crimen organizado y todo el contexto de desigualdad social y pobreza. Si bien a los ojos del presidente Donald Trump es un “buen líder”, en México las constantes contradicciones lo ponen en la palestra mediática para llevar un mensaje claro a la sociedad, que no votó por él y a millones de votantes que confiaron en un régimen distinto, como un personaje que “ha mentido y miente”.

Cierto es que no existe sistema político perfecto, que la libertada y la igualdad en su estado más puro sólo son parte del discurso idealista de quienes pretenden un mundo equitativo, que la globalización no traerá a todas y todos la modernidad y derribará las fronteras tanto físicas como intelectuales, que la democracia es la panacea para la pobreza, los conflictos armados y el rezago económico, “que el llamado primer mundo” no tiene problemas y se desarrolla en armonía, que en México la alternancia política del año 2000 traería por sí la bonanza y desaparecería de inmediato los problemas políticos, económicos y sociales.


México en particular, tiene antecedentes históricos que lo están limitando profundamente y que lo hacen permanecer en un estancamiento, aunque bien es cierto que algunas de sus condiciones se han transformado favorablemente a través del tiempo, pero dichas mejoras son insuficientes e incrementan las posibilidades de que esta situación se prolongue o aparezca un revés hacia la nostalgia del pasado.     

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